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ELLA ESPERA SOLA

Pelo largo, negro y lacio. Chaqueta negra, corta y gruesa. Pantalón de jean azul muy ajustado y zapatos taco alto. En la mesa de al lado estaba él. Camisa manga corta y a cuadros. Pantalón de gabardina, anteojos de marco blanco, finos y de formato rectangular. La dirección de su mirada me hizo recordar un detalle que omití en la descripción de ella. Ella tenía una camisa a la que le faltaba un botón. Le faltaba un botón del mismo modo que a Soledad Villamil en esa escena crucial de El Secreto de sus Ojos cuando provoca la reacción violenta del supuesto asesino. La de Villamil era una camisa blanca, la de ella era una camisa negra.
Estaba sola con un café con leche ya acabado y medio vaso de agua con gas todavía pendiente. Jugaba con los sobrecitos abiertos y vacíos del edulcorante. Él la miraba inquieto. La intensidad de esa mujer lo ponía nervioso. Al mismo tiempo que lo intimidaba, lo atraía. La miraba. La miraba a ella y a ese botón ausente. Ella parecía que no, o hacía como que no, pero cada tanto, entre sobrecito y sobrecito, sus ojos se movían lentamente hacia su izquierda. Izquierda donde esperaban los ojos de él que escapaban y se perdían, o hacían que se perdían, en esa tele que repetía por enésima vez aquella final del US OPEN.
El juego seguía. Ella movía uno de sus pies en taco alto. Él tomaba su café de a pequeños sorbos. El tamaño del pocillo iba en contra de sus ganas que deseaban que ese momento no terminase nunca. Su cabeza empezaba a pensar. No paraba de pensar. Y la miraba. Ella ahora no lo hacía. Entonces él dudaba en dar un paso más. En acercarse, en decirle algo, en sonreírle. Dudaba y miraba hasta que de pronto la ve sonreír. ¿Es ella la que va a tomar la iniciativa?, se pregunta. Su corazón se acelera. A esa altura, para él su mediodía era ella y ese botón faltante.
Una silla se mueve. Sus patas hacen ruido contra el piso. La sonrisa de ella se vuelve más plena. Él levanta su vista. Lentamente comienza a observar la mano que mueve a la silla. Observa una mano que tiene un tatuaje que sigue subiendo por el brazo hasta perderse en la manga corta de una remera verde. Pasando el hombro, el tatuaje vuelve a aparecer para morir en el cuello. Él sigue ascendiendo con su mirada y se encuentra con un arito en una oreja y un rostro exageradamente sonriente que la mira a ella. La mira a los ojos y no a ese ojal sin pareja.
El hombre del tatuaje, luego de sentarse y sin dejar de sonreír, estira su mano hasta encontrar las de ella. Las acaricia. Ella gira y mira a nuestro galán de mesa contigua que hace como si nada y cabizbajo pide la cuenta. Paga y se levanta en forma violenta, brusca, como descargando esa frustración que lo dominaba. Se acomodó los anteojos de marco blanco y fino, me miró y salió por Reconquista.
Ella se saca la chaqueta. En el movimiento la falta del botón se hizo más evidente. Pidió la cuenta y segundos después la pagó. Ella se para, su acompañante también lo hace y me mira. Ambos salen tomados del brazo por la puerta que da a Lavalle.
Yo escribo que pido la cuenta, que pago y que me paro para irme. Y me voy.
La moza limpia la mesa y con el trapo tira algo. Se agacha y lo agarra con los dedos índice y pulgar de su mano derecha: era el botón.

COLÓN, ENTRE RÍOS

LLEGADA
Llegamos a la Estación. Amagamos con ir caminando hasta el bungalow pero un vecino atento al que le consultamos si era para allá o para acá nos dijo miren que son como 15 cuadras largas. Tómense un remís. Pero ese no. Les saca la cabeza. Vayan a ese.
Fuimos y de inmediato partimos. Era verdad. El calor y la distancia eran motivo suficiente para no ir a pie.
Desde el auto pudimos observar esa marca indeleble de los años dos mil en los pueblos del interior del país: dos chicas en ciclomotor. Como en Lobos, en Chascomús, en San Pedro.
Llegamos. Nos recibe la dueña del complejo. Nos saluda, nos dice que es de Quilmes, que Colón es un lugar muy tranquilo donde no existe el stress. Vuelvan sin problema a las tres o cuatro de la madrugada. No hay peligro. Todo es muy tranquilo.

No hay stress

PELEA en la 12 de abril

Dos utilitarias. Avanzando una detrás de la otra. Por la transversal, una camioneta de la policía. El que iba adelante frena y sacando los brazos por la ventana le grita a la policía:

- ¡¡Detengan al de atrás!! Está loco, me viene siguiendo, gritando y tocando con la camioneta.

Gritaba en el mejor estilo ''mírelo eh!, mírelo eh!, de Ñoño en pleno centro de Colón.

La camioneta de la policía frena y bajan dos oficiales. Mientras, el chofer que era objeto de las acusaciones lo encara al de adelante:

- Qué te pasa, estás loco, me tocaste. Mirá como me dejaste la camioneta.

- Pero si yo no te toqué - retrucaba tanteando la distancia y con las manos hacia atrás.

- Qué no, boludo. ¿Quién te dio el registro? ¡¡Pelotudo!!

De rulitos y remera verde, el conductor de la utilitaria de atrás seguía gritando totalmente sacado. Su primer golpe estaba a punto de hervor. El policía observaba la escena a tan solo cincuenta centímetros. El bajito, semipelado, con anteojos y musculosa naranja de la camioneta de adelante, se mantenía en un calculado gesto de “yo no fui” al mismo tiempo que inclinaba su cuello hacia adelante como buscando, como yendo a encontrar, ese primer golpe que Rulitos estaba a punto de dar.
Y Rulitos lo dio. Quedó a medio camino entre piña y agarre de cuello, pero el golpe existió. El de naranja empezó a ñoñar nuevamente:

- Vio oficial, me agredió.

Rulitos se sacó aún más y lo fue a buscar con todas las ganas. Recién a esa altura la policía actuó. Uno frenó a Rulitos, el otro separó al semipelado. Rulitos estaba como loco y ya empezaba a complicar del todo su noche. Se resistía al oficial, lo empujaba. Volvía a gritar.

-¡¡Pero boludo, mira como me abollaste la camioneta!! ¡¡Pelotudo!!

El de naranja se mantenía con las manos en alto y ese gesto de inocente sobreactuado. Dejó al personaje del Chavo para pasar a un más logrado Guillermo Barros Schelotto de superclásico mirando al árbitro.

La gente se empezó a amontonar en las cuatro esquinas para seguir los vaivenes de la discusión. Por el medio de los espectadores apareció saltando en una pierna un muchacho de remera blanca a rayas horizontales azules. Superó a la muchedumbre y desde atrás lo fue a encarar al semipelado. Cuando el contacto era inminente el policía se cruzó y lo detuvo. El golpe se quedó en potencial cediendo su lugar a una puteada muy bien materializada:

-¡¡Hijo de rrrrrrrre mil putas, la puta madrrrrre que te rrrrrrrre parió!!

Mientras Enunapata seguía insultando, ante la sorpresa de todos los presentes, Rulitos le gritó:

- Vos quedate en la camioneta.

Luego de treinta segundos de negación, Enunapata se volvió a la utilitaria gris saltando sobre la pierna que le quedaba sana. La otra, la izquierda, mostraba un tobillo hinchado que nada podía envidiarle a aquel del Diego del mundial 90.

Dejamos nuestro papel de espectadores de la pelea que ya no era. Había mutado en un trámite administrativo de firmas y seguros. En ese momento entendés por qué una pelea de boxeo tiene más espectadores que una partida de ajedrez. Y también notas que fue una excepción a la regla. En Colón, salvo ese pequeño incidente, reina la tranquilidad. En las grandes urbes, todos intentamos escapar de las sofisticaciones y complejidades en busca de cierta paz. En Colón nadie necesita escapar de la sofisticación estresante. Nunca se fueron de su sencillez como para tener esa necesidad de volver. Pareciera que tienen aprendida (y aprehendida), esa lección de entrada: el final es en donde partí.


La Costanera
Colón tiene un complejo termal. Está ubicado en la punta de la costanera. Costanera que, para nosotros, empezaba en la otra punta. Primero, más cercano, se situaba el río al pie de las escalinatas que te llevan al Parque Quirós. Luego playas municipales de uso público y gratuito. Más allá, más playas dentro de un club llamado Piedras Coloradas. $10 la entrada. Ese club tenía un cartel de prohibido jugar al fútbol con sus patas sumergidas en medio del agua. Lo había visto el día anterior pero con la cámara de fotos abandonada en el bungalow. Aproveché la caminata para volver un segundo y tomar esa imagen. Fui llegando y noté que la crecida del río era mayor. Y no encontraba el cartel. Hasta que más o menos me ubiqué en el espacio y me dije es ahí. Solamente se leía “prohibido”. La foto ya no podía ser. El cartel se había perdido.
Unas cuadras más y la playa se convirtió en una costanera con baranda de balaustros clásicos de costaneras con barandas. Ya llegando al punto equidistante entre una punta y la otra encontramos el puerto. Y un embarcadero de pequeñas lanchas y veleros. Y la vieja estación fluvial que hace las veces de oficina de información turística. Y más costanera con balaustros. Avanzás. Un lugar que se llama El sótano de los Quesos. Bajamos. Para cuando subimos, el sótano quedó con una cerveza y dos provoletas menos. Seguís caminando. Siempre el río a tu lado. A veces más cerca, a veces más alejado. Más playas. Sin arena como las anteriores pero de un verde parejo. Con mucha más gente. Y muchos, muchísimos perros. Pasás las playas y ves el final. Ves como Colón empieza a dejar de ser. ¿Y las termas? Entonces preguntás.

Las termas

Te indican que tenés que subir por aquella calle. Y a dos cuadras doblar a la derecha. Y caminar una cuadra más. Ahí pagás los $50 e ingresás. Las piletas rondan los 30º. La caminata de una hora bajo el sol y el calor penetrante del día las hacen sentir como de 10º.
Tres cosas debés hacer: sumergirte, dejar que los chorros de las duchas superiores te den en la espalda y relajar. Cada tanto cambiar de pileta para probar las variantes, mínimas, de temperaturas y la potencias, máximas, de los duchadores.
A los chorros leves los llaman no invasivos. A los fuertes, si, invasivos. Lo son pero luego de unos minutos tus hombros se acostumbran. Los dejan pasar.

En las afueras de Colón, a tan solo 10 minutos (porque las distancias se miden en unidad de tiempo) se ubican otras termas. Las de San José. Si estás con suerte y sin auto te lleva un remisero de Córdoba y Gascón, de La Capi, que se vino a vivir hace 6 meses a Colón. Su hija, su yerno y sus nietos hace dos. Nos recomienda que nos volvamos antes de las 18hs. Minutos después nos da su tarjetita con el número de móvil. Y nos dice que hoy trabaja hasta las 18.
El complejo es similar al de Colón. Las aguas quizás un poco más cálidas. Pero la gran diferencia son los toboganes. El divertimento de todos durante la tarde.

PARTIR
Un perro que busca complicidad en una perra. Se huelen, se miden. La perra no acepta la invitación y se va. El perro, triste, te mira con rostro perdedor. Y no se va. Se queda, se rasca, se sienta. Es la terminal de micros de Colón un 25 de diciembre por la tarde. El kiosko y el bar cerrados. Las boleterías abiertas. Un Flechabus que llega y se va. El Rápido Tata que está por llegar. En la estación seremos no más de 25 a 30 entre pasajeros, familiares y bolsos. Uno al que todavía le dura el brindis del 24 intenta chamuyar a una rubia en busca de otra noche buena. Pero la rubia solo atina a sonreírle y mirar su celular. Le sonríe y mira su celular. Hasta que llega el Tata. Y cargamos los bolsos, las bolsas y la terminal queda casi vacía.


SOBRE RATAS Y PARANOICOS

Domingo 23:27hs. La noche ya no prometía nada más. La tv mostraba el resumen de aquel superclásico del 2000. Ese del caño de Riquelme a Yepes. Ese del gol conmovedor de Palermo a Bonano después de la lesión. Martín lloraba rodeado de fotógrafos. Desde la ventana de mi habitación la voz de una vecina interrumpió el festejo.

–La vi subir por el cable del segundo.

Palermo seguía llorando pero ya no importaba.

– Por suerte cerré todo

Mi salto fue instantáneo y sospechosamente atlético. Ventana de habitación: cerrada; persiana del comedor: cerrada; lavadero,..¡Lavadero! Al llegar a él la voz de la señora se podía oír más clara por el aire y luz.

– Mañana le digo a la administradora, algo hay que hacer.

Mi esposa atinó a hacerla callar de un grito. La interrumpí:

– Dejá, dejala, quiero escuchar qué dice.
- ¿Qué pasa? - me preguntó.
- Nada, esperá - le dije.

Un segundo después, sobré el zócalo del cerramiento, la vi. A trasluz, con estética de sombra chinesca, la vi. Su cabeza se sacudía de un lado a otro como cuando Mirtha Legrand se pregunta si lo dice o no lo dice. Volví mi vista hacia mi esposa y cerré violentamente la puerta plegadiza de la cocina.

- ¿Qué pasa? - me volvió a preguntar.
- (Lo digo o no lo digo, pensé) Lo digo: Tenemos una rata.

Los minutos siguientes fueron de incertidumbre. La oscuridad general en complicidad con la sombra de la luz artificial no me permitían confirmar si estaba de este o de aquel lado del cerramiento. Desde la ventana del comedor no se la veía. La noche no ayudaba. La vecina ya no hablaba. Luego de largas deliberaciones decidimos ingresar. Mi esposa primero, porque sospechaba que no estaba; yo segundo, porque sospechaba que sí estaba. Nada. La breve y tensa requisa dio resultado negativo. Una cereza abajo y al fondo del mueble de cocina, un poco de pelusa y polvo de dos días sin barrer. Nada fuera de lugar. Salimos y por si las moscas sellé el borde inferior de la puerta plegadiza con diarios y trapos. Dudas que uno tiene. Té de tilo y a dormir.

A la mañana siguiente el ingreso de mi esposa a la cocina fue triunfal:

- ¿Viste que no está?

Mi mirada fija al piso. Con la linterna revisaba debajo del mueble de cocina, de las alacenas. Miré a mi esposa.

- ¿Qué pasa? - me preguntó.
- La cereza.
- ¿Qué cereza?
- Ayer la cereza estaba contra la pared, al fondo. Ahora está acá adelante ¡Tenemos una rata!

La pesquisa permitió encontrar más huellas. Mierdita de roedor en dos puntos neurálgicos. Cerramos y volvimos a sellar la puerta.

Advertido por nuestra inquietud, el encargado del edificio vino a colaborar en la búsqueda pero no encontró nada. Antes de irse tiró unos esperanzadores arrocitos venenosos en el piso y no omitió contarnos de aquella vez que en la cochera un roedor histérico mordió al plomero que lo ayudaba en la búsqueda.

– Cualquier cosa me dicen – nos dijo y se fue.

Por la tarde, la administradora nos envío a su cazaratones de confianza. Luego del relato y la búsqueda infructuosa, dejó una jaula trampa con un tomate de señuelo. Además, colocó estratégicamente una galletita sin trampa para que podamos saber si estuvo o no ni bien abriésemos la puerta.

Luego de cenar afuera abrí levemente la puerta y, linterna en mano, pude observar que la galletita ya no estaba. La rata seguía entre nosotros.
Sellamos de vuelta la puerta en pos de la virginidad del resto del departamento. Dormimos con las luces prendidas y la paranoia encendida.
A la mañana siguiente nos levantamos y no prendimos la luz (no hacía falta). Esperanzados fuimos en busca de la jaula trampa. Estaba. Pero tal cual la habíamos dejado. De la rata ni noticias.
Me recomiendan ponerle pegamento con comida en un cartón. El cazaratones me dice que no, que no sirve:

– Mirá si se queda pegada a las dos de la madrugada. Se te queda gruñendo y quejándose toda la noche.
- Es lo que quiero – le digo.
- No, no. Yo por lo menos no lo hago. Si vos querés, ponelo. Pero lo ponés vos.

Nos recomienda que compremos salame.

- ¿Y si le ponemos queso? – consulto
- No, las ratas no comen queso – me dice con gesto de suficiencia.
– Me estás cagando los recuerdos de mi infancia. En todos los dibujitos animados las ratas y los ratones comen queso.
- No, algunas comen legumbres, otras verduras. El queso es un invento del hombre, no es de su hábitat.

Demasiada teoría para tanta premura. El salame dejó la jaula con él adentro.

– Si falla, mañana y pasado probamos con otro método y sino el domingo le pongo un veneno mortal.
- Ponéselo hoy – le digo ya impacientándome ante tanta erudición.
- No, no es instantáneo. Mejor esperar. Yo paso mañana.

Llamé a otro cazaratones de confianza y vino con el método del pegamento. Lo primero que dijo al ingresar a la cocina fue que esa jaula no servía para nada. Lo dijo con gesto de suficiencia. Le di el salame. Le dije que también tenía queso.

- ¿Tenés queso? Buenísimo.
- Hoy me dijeron que las ratas no comen queso.
- Ja, mirá si no van a comer queso. ¿Nunca viste Tom y Jerry?

Le armamos dos picaditas de salame y queso al cartón decorada con finos trozos de galletita express sobre aderezo adhesivo. Además dejamos la jaula que servía y no servía.
Nos fuimos a dormir con la luz apagada. Quedaban la noche, la cocina y las tres tristes trampas.

A la mañana siguiente despertamos ansiosos. Prendimos las luces (hacía falta). Picamos una galletitas a modo de desayuno (lo único que teníamos por fuera del territorio ocupado). Ingresamos a la cocina como grupo comando armados de linterna, coraje, secador y cagazo. La jaula estaba tal cual. 0 de 1. Dimos unos pasos y el primer cartón se iba presentando de a poco a medida que avanzábamos rodeando la heladera. De la rata ni noticias y la picada seguía ahí. 0 de 2. Unos pasos más, se me cae la galletita que venía masticando, y 0 de 3. La tercera no era la vencida.

¿Se fue? ¿Está escondida? ¿Dónde? ¿Mi cocina se transformó en un lugar de consumo en tránsito? ¿Va y viene? ¿Murió por el veneno del primer día y está momificada debajo del horno? ¿De la heladera? ¿Dónde carajo está? Me hice, en ese orden, todas esas preguntas.

- ¿Amor, vos agarraste la galletita que se me cayó? – le pregunté a mi esposa.
- ¿Qué galletita? – me contestó. 

NOVIA DELIVERY

Primero fue con el delivery de la rotisería. Él tocó el timbre, ella se anticipó con un “ya bajo”. Él se quedó esperando mientras sacaba de su moto la suprema con papas fritas o ensalada a elección. Ella terminó de bajar, abrió la puerta del edificio y él todavía le daba la espalda.

- Hola - dijo ella.

Él giró. El flechazo fue instantáneo. Intercambiaban plata por comida sin dejar de mirarse a los ojos.

Al día siguiente ella pasó por la puerta del. Él, sentado en su moto, esperaba que le indiquen su próxima entrega. Ella se acercó y le dejó su teléfono escrito en un papel. Él sonrío y prometió llamarla. Por la tarde cumplió su promesa.

Sábado por la noche. Ella en el depto con dos amigas. Tocan el timbre. Era el delivery de la pizzería. Bajó ella, como siempre. Durante el breve intercambio de $62 por una grande con morrones sus manos se rozaron levemente. Las sonrisas y los cosquilleos fueron instantáneos.

Domingo a la noche. Ella sola en el depto Pero con ganas de más porciones. Llama a la pizzería y viene él. Ella baja y él, en lugar de irse, sube. Se pasan 45 minutos intercambiando dinero por fugazetta rellena. A él lo despidieron.

Un día la situación se repitió con el repartidor del supermercado. Cuando llegó, ella le dijo:

- Yo te conozco.

Meses después, la víctima fue el del restaurant de comida china. Ese envío de Chau Fan fue inolvidable.

Los deliverys se reemplazaban unos a otros. Insaciable, ella siempre quería más. Esta situación, donde un desconocido tocaba el timbre para dejarle algo de comer que ella había pedido, la podía. Sino se materializaba en ese momento, la cosa se consumaba al envío siguiente.

De tanto andar de delivery en delivery terminó conviviendo con el pibe que hacía el reparto de la noche en el bar de tres cuadras más allá. Luego de siete meses de vivir en pareja, la relación iba muy bien. A él le gustaba cocinar y tenía muy buena mano. Pero un día, mientras veían la tv, todo cambió.
  
- ¿Querés pedir helado?
- ¡¡Dale!! - dijo ella.
- ¿De qué querés?
- Manzana, chocolate con pasas, frutilla al agua y dulce de leche.
- ¿Medio kilo?
- No, compremos un kilo.

Mientras él seguía viendo tranquilamente esa repetición de la final del Mundial 90, ella fue en busca del imán y llamó. Volvió al sillón y lo abrazó bien fuerte mientras él todavía sentía bronca por aquel penal que no fue y ahora revivía. Luego de unos 25 minutos, él se fue al baño sin advertir lo que podría suceder.  Ella cambio de canal y puso una de esas series que se ven cién veces. Al minuto sonó el timbre y ella anunció de un grito:
- ¡Yo bajo!
- Dale amor, gra… - no pudo completar la frase.

En ese instante se sintió como un especialista en explosivos que acaba de cortar el cable equivocado. Esa milésima de segundo entre el corte y la explosión duró una eternidad. El miedo se apoderó de él. Con los pantalones a medio subir emitió un grito desgarrador:

- ¡¡NO BAJES, VOY YO!!

Ya era tarde. Ella ya estaba abajo. El flechazo con el pibe de la heladería era un hecho consumado. La bomba había explotado.  

NO TOCA BOTÓN

Viajaba sentado en el asiento individual que, por lo general, suele darle la espalda a la expendedora de boletos y el frente a una mujer de no más de 25 años y pollera corta. Sabía que tenía que bajarse en la primera parada después de cruzar la 9 de Julio. La cruzó. Se paró y acomodó en la puerta del medio. El semáforo quedó en rojo. Mientras aguardaba, advirtió que otro pasajero también bajaría pero por la puerta trasera. Colocó cuatro de sus dedos de la mano derecha rodeando al timbre y tomando fuertemente el caño que lo sostiene. Su dedo pulgar se mantenía, respecto al botón, como si fueran dos imanes rechazándose. Cerca, pero sin contacto. Observó nuevamente al pasajero del fondo quien todavía no buscaba el timbre. El semáforo pasó a verde. Todo su cuerpo se sacudió menos su puño y su mirada clavada en las manos de su desprevenido rival. Faltaba sólo una cuadra. Esos famosos 100 metros antes donde se le debe avisar al chofer que se quiere bajar 100 metros después. La adrenalina subía. Sin saberlo, el pasajero del fondo participaba de un gran duelo. Un verdadero mano a mano. Como en una pulseada, el del medio aguardó que el del fondo preparase el brazo. El pulgar permanecía a milímetros del botón. 95 metros. Como el de atrás no atinaba a tocar, él esperaba. Aguardaba el momento preciso. El del fondo se agachó mínimamente buscando con su vista la altura de Viamonte. Su gesto mostró premura. 60 metros. Sus cuatro dedos se tensaron como las piernas de un corredor antes de la largada. En el otro andarivel, el del medio, tensó los suyos. El momento llegaba. El del fondo comenzó a acercar su dedo pulgar al timbre. La distancia se acortaba. 6mm, 5mm. El del medio se mantenía en esos inmantados y escasos 2mm. 50 metros. El chofer casi convencido a no parar salvo que se cruce alguna mano imprevista desde la vereda. En el timbre de atrás la distancia seguía reduciéndose. 4mm y contando. 48 metros. Decidido, el pasajero aumentó la velocidad de acercamiento. 3mm, 2mm. Estaba a punto de tocarlo cuando el del medio, sudando, puso quinta y presionó, como nunca, el botón. El sonido del timbre se mantuvo largo, triunfador. El del fondo, jugador involuntario, en ese instante tomó conciencia de la competencia en la que estaba inmerso sin saberlo. Oir la irrupción de ese sonido, que suponía propio, un segundo antes de solicitarlo lo frustró. Su dedo quedó inerte y desilusionado a un insignificante milímetro de una victoria que no sabía que ansiaba.
El del medio, extasiado, no bajó. Se quedó aguardando a su nuevo rival para los siguientes 200 metros. El del fondo, en cambio, descendió, caminó diez pasos y dobló en la esquina. Sacó su celular del estuche y comenzó a escribir frenéticamente un sms con un solo objetivo: comenzar a entrenar su dedo pulgar para llegar mejor preparado al próximo encuentro. En el colectivo de vuelta.

MURIÓ

“En muchas culturas africanas está extendida la
creencia de que el ser humano muere
definitivamente sólo cuando muere la última
persona de los que lo han conocido y recordado”.
Ryszard Kapuscinski,
Ejercicios de la memoria,
La Jungla Polaca

Enrique viajaba sentado en el primer asiento doble del lado de la ventanilla. El 106 iba por la altura del Cid Campeador. En la primera parada luego de tomar Av. Gaona subió una persona canosa y muy corpulenta de unos ochenta años. Le dijo al chofer uno sesenta y a Enrique la voz le resultó conocida. Lo comenzó a mirar mientras lo buscaba en sus recuerdos. El hombre corpulento notó la mirada y también le resultó familiar aquel rostro.

- ¿Edgardo? - grito Enrique.
- ¿Quique? - gritó Edgardo.
- ¿Cómo estas?
- ¡Tanto tiempo! - se dijeron al unísono.

Edgardo se sentó al lado de Quique. Los dos eran lo suficientemente grandotes como para que el asiento doble no alcanzase pero más o menos se las arreglaron para poder conversar.

- ¿Qué haces por acá? - comenzó preguntando Edgardo.
- Nada, vengo de lo de María.
- ¿María la esposa de Juan Carlos, el de la ferretería?
- Si, ella.
- ¿Y Juan Carlos? ¿Por dónde anda?
- Ah, ¿no te enteraste?
- No, ¿qué?
- Murió.
- Nooo, ¿de verdad me decís? ¡Uh!
- Hace tres años.
- ¡Pucha che!

El viaje seguía. Se preguntaron por sus trabajos, por sus hijos, por sus nietos. Cuando Enrique preguntó por Leticia, la esposa de Edgardo, este lo miró sorprendido. Quique se quedó.
- Ah, ¿no sabías?
- No, ¿qué?
- Murió.
- ¡Uh!
- Hace dos años.
- ¡No…!!

El 106 ya cruzaba Gaona y Caracas. La charla seguía.

- Che Quique ¿te acordás de esta esquina? ¿Acá no era el barcito de Norberto?
- Si, era por acá. Pero en la esquina esa de allá.
- Ah, mirá que remodelado que está. ¿Sigue siendo de él?
- No, lo vendieron los hijos.
- ¿Los hijos? ¿Y Norberto?
- Norberto Murió.

¡Pucha che!, repetía contrariado Edgardo. A Quique le sonaba el celular pero no atendía.

- ¿Quién es? Atendé.
- No, es Ana, mi hija. Después la llamo.
- ¿Ella sigue en la administración del club? Hace años que no voy.
- Si, sigue ahí.
- Mira vos, cuánto tiempo.
- Si, sigue ella. Está Raquel, Alberto, Héctor.
- Ja, que grande Héctor. Que buen tipo.
- Si, un gran tipo.
- ¿Y Esteban? ¿Se fue?
- No, Esteban... ¿No te enteraste?
- No, ¿que? No me digas...
- Si.
- ¡No! ¡Pucha che!

El 106 seguía su camino y Edgardo advirtió que estaba a punto de pasarse.

- Uh, Quique, me tengo que bajar.
- Bueno, pero dejame tu celular y nos encontramos un día de estos.
- Dale, un gustazo. Anota 15683...

- Qué bueno haberte encontrado - le seguía diciendo Edgardo mientras le daba un abrazo.
- Nos vemos le contestaba Quique.
- En cualquier momento - respondía Edgardo ya parándose.

Se va hacia la puerta de atrás. Apreta el botón del timbre y espera, sonriente, mirando a Quique que se da vuelta para seguir despidiéndolo, también, con la mirada. El colectivo para a un metro y medio del cordón. Sin dejar su sonrisa, Edgardo desciende. Un bocinazo y el grito desesperado del motoquero que pasa a setenta y cinco centímetros del cordón lo sorprende.

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- Hola Ana ¿vos me llamabas?
- Si Pa, ¿como estas? ¿Qué pasa que no me atendés?
- Nada, nada, ¿te acordás de Edgardo?
- ¿Qué Edgardo?
- Edgardo, el padre de Lucía.
- ¿Lucía la del almacén de la esquina de casa?
- Si él, el padre. Me lo encontré recién en el colectivo.
- Ah, ¿y que es de su vida?
- Nada: murió.



LANATA. Directo al mentón

“…Se va a jugar el pibe. Tira con derecha y con izquierda. En el cuerpo a cuerpo. Esto es increíble. Lo tiró Chávez a Martínez. Era todo de Maravilla. Lo va a buscar Chávez, final tremendo. Era todo de Maravilla que se va a prender. No se tiene que prender. Salí de ahí Maravilla. Lo va a buscar Chávez. Lo tiene que abrazar Martínez a Chávez. Segundos finales. Dramático. No te jugués Sergio. Abrazalo, trabalo. Va Chávez a buscarlo. Se juega la última ficha. Están muy cansados los dos. Qué pelea y qué final. Están cansados los dos. Izquierda de Martínez, derecha de Chávez. Que final tenemos. Diez segundos finales. Va a sonar la campana…”.
Relato de Walter Nelson, último round.
Maravilla Martínez vs. Julio César Chávez Jr.


La historia del Kirchnerismo marca que siempre contraataca mejor de lo que ataca. Como si el centro del ring lo hiciera perder referencias. Se envalentona, busca el desenlace inmediato pero en ese intento se descuida, tira unos golpes de más, se desordena y el rival crece. Crece hasta que el Kirchnerismo se reacomoda y lo vuelve a poner al borde del nocaut.

Al borde del nocaut, cuando la cuenta ya iba por el 54%, el Grupo Clarín, entendió que le quedaba su última chance. Pero también se dio cuenta que sus golpes ya no pesaban. Sabiéndose contra las cuerdas, salió en busca de ese boxeador que le podría dar una mano. La última. Entonces Lanata se puso los guantes, subió al ring y le dijo a Bonelli: “Vos correte, dejame a mí”. Y empezó a pegar.

Mientras decenas de economistas y periodistas escriben y hablan en lenguaje técnico tratando de explicar las relaciones entre los pesos y los dólares, Lanata dice: “Cómo voy a confiar en el peso si lo imprime Vanderbroele”.

Decenas de editorialistas, conductores de TV y políticos conducidos y editorializados insinúan, a veces dicen, y muchas veces dan a entender, que la Presidenta sufre problemas psicológicos y/o depresivos. Lanata, en cambio, hace que su Cristina imitada tome pastillas a las 22hs de un domingo por la pantalla de El Trece.

Gran parte de la oposición habla de la “Chavización” del oficialismo. Lo hace de manera bastante liviana. Lanza una frase, la repiten varias veces distintas voces, y, de tan liviana, la idea se vuela. Nunca se materializa. Se quedan en el llanto. Se “Chilindrinizan”.
En cambio, Lanata vuela hacia Venezuela un mes antes de las elecciones. Lo titula “Recuerdos del futuro”. Busca, en el campo de batalla, todas las entrevistas e imágenes que le puedan servir para darle verosimilitud a ese concepto tan liviano que otros tiran a la marchanta. Pero no termina ahí. El día de los comicios viaja de nuevo. Lo vende como “Volver al futuro”. Y no viaja solo. No, se lleva consigo a toda la vecindad del Chavo. Va con Don Ramón, Quico, Doña Florinda, Popis, Ñoño y Patricia Bullrich. Primero viajó para mostrar lo qué le espera a la Argentina y luego lo hace para mostrar cómo se puede evitar ese futuro. Pero le sale mal. Capriles, a pesar de los twitts del PRO, pierde. Y, entonces, sin filtro, a Lanata se le chispotea un “la concha de la madre”. Pero a su vuelta, con la inestimable colaboración del servicio de inteligencia venezolano, convierte la victoria de Chávez y la derrota de Capriles en su propio reality. Para muchos espectadores el fenómeno social, cultural y político venezolano terminó resumiéndose en un: “¿Viste lo que le pasó al Gordo?”.

El caso Ciccone ya lo venía manijeando Jorge Asís desde su blog pero no pasaba de ahí. Microclima. Hasta que Lanata le hizo una nota a la ex esposa de Vanderbroele. Y el tema estalló.

Muchas quejas se escuchaban en el ambiente periodístico sobre la falta de conferencias de prensa de Cristina. Y la queja quedaba ahí, flotando de programa en programa, de diario en diario. Lanata, en cambio, reeditó estéticamente aquel panel de Tato y la jueza “badubudubudía”. “Queremos preguntar”, exclamaron. El tema rompió la barrera del ambiente periodístico y llegó hasta Harvard.

Miles de mujeres y hombres urbanos despolitizados al mango esperan que sean las 22hs. del domingo como si se tratase del último capítulo de Resistiré. En la cola de un supermercado una señora dice “Y qué querés, si los pesos los imprime Vanderbroele”. La misma frase se escucha en una oficina, en un taxi, en un colectivo. Mismo colectivo donde dos personas se auto convencen que Buenos Aires es Caracas. En la Plaza del cacerolazo el canoso de mangas cortas dice que tiene la posta: “está medicada”. Misma plaza donde se puede observar un cartel sostenido por una empleada administrativa que dice “Queremos preguntar”.

El diferencial de Lanata es que hace periodismo en lenguaje publicitario. Pega al mentón y mira al público para que lo aplauda. Es efectista. Busca el impacto. Sabe pegar. Lo que a otro le puede llevar 8 ó 9 rounds él lo resuelve en una frase. En una piña. Las mismas formas que utiliza Marcelo Tinelli cuando se hace el vivo con un partenaire ad hoc y enseguida busca la complicidad del espectador para que le festeje la ocurrencia. Así funciona Lanata. Es televisivamente creativo. Entiende el juego.

Maravilla Martínez venía peleando contra Bonelli pero, de repente, para el último round le pusieron a Lanata y los golpes empezaron a doler.  
Ante este cambio de escenario el oficialismo está obligado a volver a sofisticar su comunicación. A cambiar su estrategia. El golpe por golpe ya no conviene. El spot de 5 minutos no sirve. Quizás, la clave se pueda encontrar en ese relato final de Walter Nelson.

“Abrazalo”











RODRIGO DE LA SERNA Y LA LIBERTAD

Sábado 21:30hs. La noche está lluviosa y amenaza con más. Por suerte el cine queda a solo cuatro cuadras. Digamos que si quedaba a más de cinco la cama y la tv le hubieran ganado fácilmente la pulseada.
Revolución. La película dónde Rodrigo de la Serna hace de San Martín entre 1815 y 1817. El San Martín que cruza los Andes desde Mendoza para liberar Chile de los Realistas junto con Soler y O'Higgins. La lucha es por la libertad. Viva la patria, viva, es el grito más escuchado en la película. Luego de una feroz y sangrienta batalla, San Martín se reporta e informa de un gran triunfo para festejar en el cual, solamente, murieron cién hombres de la propia tropa. Cién muertos en nombre de la libertad.
La película termina y en la calle ya no llueve. Luego de hacer esas cuatro cuadras y entrar a casa, en la tele vuelve a aparecer De La Serna. Casi 100 años después, en 1909, personificando a Simon Radowitzky en Lo que el tiempo nos dejó. Radowitzky fue un anarquista que junto con otros trabajadores e inmigrantes en ese 1909 sienta las bases para la creación de FORA, Federación Obrera de la República Argentina. Este Radowitzky de De la Serna repite incesantemente la misma palabra de su San Martín de 1817. Libertad, Libertad, Libertad Pasados tantos años, De La Serna ya no se enfrenta a los Realistas sino a Ramón Falcón, el Coronel jefe de la policía, quien los reprime. Seguramente ese Falcón aristocrático, vestido de frac, con sus bigotes, su esgrima, el Teatro Colón y la gomina hacía lo que hacía en nombre de aquel San Martín, el Libertador, y en contra de esta manga de vagos que venían con ideas sucias de su Europa natal.

-       Por qué no se vuelven para a sus países - les propone.

En la represión a la manifestación sindical la policía mata a un amigo de De la Serna (Luciano Cáceres, el hijo de Nevares Sosa) y su Radowitzky venga su muerte matando al propio Falcón ( a su flia ni la tocó).
Uno años más adelante nuevamente De La Serna sale en busca de la Libertad. Lo hace en la década del 50 con un amigo. Se van en moto a recorrer Latinoamérica. Luego de varios meses de viaje, aventuras y aprendizaje se vuelven. La experiencia fue tan profunda que su amigo, un tal Ernesto Guevara, sigue viaje a Centroamérica y termina personificando algo así como el papel de un Libertador pero en Cuba. Rodrigo se volvió y, en esta oportunidad, no se presentó al casting. Se perdió el protagónico.
Ya en Buenos Aires de 2011, De la Serna termina siendo un sufriente hombre de clase popular, que vive con lo mínimo y pone su propio cuerpo como prenda de cambio para sobrevivir en los suburbios. Luego de tantos años e intentos por encontrar esa esquiva libertad termina viviendo con lo justo y contra las cuerdas. Tan contra las cuerdas que se va a vivir a la villa ELTRECE con Luque y Chávez (Julio).

PINTATE, PINTAME

Av. Corrientes y Uruguay, 18:33hs. El esposo habla por celular al lado de una puerta. Se trata de una de esas conversaciones de negocios donde uno le reclama a otro el pago de algo pendiente. Del otro lado de la puerta abierta, el pintor. Unos metros más allá la esposa del esposo. En el triángulo que formaban las tres posiciones, la esposa quedaba expuesta a la atenta mirada del pintor y a la desatenta visión de su esposo que no lograba convencer al interlocutor que le pagase.
La esposa vestía botas negras largas, muy largas y una pollera corta, muy corta, y ajustada. Una musculosa blanca, dos siliconas y una pose provocativa terminaban de organizar su figura. El pintor sólo contaba con sus ropas manchadas. Ella comenzó a pintarse los labios mientras él seguía lavando un rodillo. Enfocando sus labios en el pequeño espejo, ella lograba pintarse lentamente siguiendo las formas de su boca. El pintor dejaba que el agua lave al rodillo mientras miraba cómo ella se pintaba. De golpe la esposa hizo como que lo vio mirarla. Él de inmediato bajó la cabeza y siguió lavando los 22cm. de rodillo. Ella seguía con su tarea y exageraba la provocación de su postura. El esposo insultaba y golpeaba la puerta al grito de pagame loco pagame. La mujer giraba la cabeza, el pintor la bajaba y así. Ella pasó la lengua por los labios e insinuó un beso al aire como último paso para concretar su obra de maquillaje. El pintor comenzó a sentir una sensación húmeda que lo invadía. Luego de unos segundos de desconcierto y placer, exclamó:

- ¡¡La puta que lo parió!!

El agua rebalsaba del lavatorio tapado por los restos de pintura del rodillo e inundaba su pantalón. Ante el grito, el esposo abrió aún más la puerta y buscó saber qué pasaba. El pintor lo miró con mezcla de culpa, nervios y vergüenza. La esposa cerró el espejo y sonrió. El esposo encaró hacia la puerta, su esposa lo siguió. Luego de unos segundos de distancia, el pintor salió y los vio perderse al doblar la esquina mientras un peatón de sonrisa incipiente la miraba ir. Al volver sobre sus pasos, el pintor apoyó sus manos sobre una mesa y luego de sentir una sensación espesa, bajó lentamente su vista. Unos números escritos con el mismo rojo intenso de esos labios que vio pintar decían 155-468...

El resto de los dígitos se borronearon manchando la mano derecha del pintor que se fue a lavar.

HUBIERA PREFERIDO PERDER 4 A 0.

1990. Alemania campeón del mundo. Maradona de azul no paraba de llorar y con él todo un país futbolero que veía escaparse ese mundial difícil de recordar por el juego pero inolvidable por la emoción, la tensión y las manos de Goyco.

2010. “No se coman el verso de Alemania contra Inglaterra, eh”, dijo el Diego horas antes del cruce de cuartos. “Yo no me lo como y se lo dije a mis jugadores”.

1990. Lothar Mathauss levanta la copa y el estadio poblado de alemanes explota. Maradona con los brazos en jarra sigue llorando.

2010. Maradona planteó el duelo demostrando abiertamente que no se comía el verso de Alemania. No se comía que Schweisteiger era el dueño del equipo y que si lo dejabas solo se hacía dueño del partido. Que al lado tenía a Khedira para poder soltarse. Que Mascherano solo no iba a poder. Que iba a necesitar a 10 más y que Di María y Maxi Rodríguez de carrileros no eran la mejor opción. No se la comía.

1990. Havelange entrega las medallas a los argentinos y les extiende la mano para saludarlos. Maradona pasa de largo y le deja la mano colgando. Diego seguía llorando.

2010. No se comía las subidas de Lahm, la dinámica de Muller y Ozil. No se comía que Podolski era un puntero rápido, potente, con oficio y que Otamendi, el 4 falso, de lateral derecho era un gran proyecto de temible central. Mientras Joaquin Low estudiaba cada detalle de la Argentina, Diego no se comía lo de Alemania. 1 a 0. Messi, como contra México, tenía que retroceder hasta mitad de cancha para encontrarse con la pelota. Perdía el desequilibrio y la sorpresa que lo caracterizan y que había mostrado con Nigeria, con Corea y con Grecia luego del ingreso de Pastore y Palermo.

1990. “Hijos de Puta, hijos de Puta” gritaba Diego con fiereza al escuchar como los italianos silbaban el himno en Roma. Hijos de Puta, repetía.

2010. El segundo tiempo pedía a gritos a Clemente Rodríguez por Otamendi para equilibrar la velocidad de Podolski. Pedía también a Verón por Maxi para disputar el medio y espejar a Alemania en el 4-2-3-1 colocando a Di María de puntero y a Messi de 9 y medio. Pero no, Diego no se la comía y siguió igual aunque con más empuje. Pero la batalla táctica estaba perdida. Muller desde el piso habilitó a Podolski ante un Demichelis que lo dejó hacer y un Otamendi que no volvía. Centro atrás y 2 a 0. Ya era cuesta arriba. Imposible.

1990. En una de las pocas aproximaciones de Argentina al área alemana, Buschwald le barrió la pierna a Calderón. Era penal para argentina cerca del final pero Codesal no cobró y siga siga. Dos jugadas más tarde Rudy Voller voló en el área argentina ante la pierna de Sensini. Codesal no dejó que siga. Penal a menos de 5 minutos de los 90. Andreas Brehme pateó al gol. Goyco adivinó el palo pero su leyenda no pudo estirarse más. Gol y Copa del Mundo para Alemania.


2010. Del 2 a 0 en adelante todo fue de Alemania. 3 a 0 y Diego que se esconde en el hombro de su yerno Kun Agüero para seguramente dejar soltar sus primeras lágrimas por la derrota. Lágrimas que luego se liberarían en los brazos de Dalma.  4 a 0 y chau mundial.


1990. Maradona, con los ojos todavía húmedos de tanto llorar la final perdida, encaró a los periodistas que lo esperaban fuera del vestuario: “Hubiera preferido perder 4 a 0 a que nos roben así”, les dijo Diego 20 años antes.

2010. Profecía autocumplida.