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EFICIENCIA POLICIAL

Barrio de Once. 23hs. La Plaza Miserere a dos cuadras y el colectivo que no venía. La espera se hacía larga y oscura. En la esquina se iba aglutinando bastante gente. La mayoría con bolsos o mochilas. Todos parecían terminar su día. Llegaban y se escondían aprovechando la vuelta de la ochava. Sólo quedaba uno, handy en mano, que aguardaba sin temor a la exposición. A dos semáforos de distancia se podía divisar una camioneta blanca que se aproximaba. El hombre del handy comenzó a gestualizar; apresurado, pedía a los de bolsos y mochilas que se acerquen. Lo hacían ordenadamente y en fila. La camioneta, mientras llegaba, bajaba su velocidad. Al llegar a la esquina se detuvo. A lo lejos se oía fuertemente una sirena. El patrullero se acercaba violenta y rápidamente. La camioneta, que se sabía ilegal, todavía no arrancaba. Ante el grito del chofer de la combi, el organizador apuraba aún más a los que todavía no subían. Cuando se disponía a cerrar la puerta con la pierna del último pasajero todavía afuera, el patrullero llegó. Ante la impavidez de todos, frenó de golpe frente a la camioneta. La cruzó para que no se escape. Algunos vecinos, temerosos, se alejaban. En cambio, otros, más curiosos, se acercaban. Bajó uno de los policías. Los otros dos se mantenían, expectantes, en los asientos delanteros. Miraban fijamente al chofer de la camioneta que no sabía como reaccionar. El oficial corrió hasta la puerta todavía abierta. El del handy se alejó para no impedirle el inminente paso. Intimidante, el policía ascendió a la camioneta. Con gesto duro y recto, encaró al chofer. “Te agarré”, le dijo agitado, mientras llevaba su mano derecha al costado de su cintura. El conductor temblaba. El miedo le ganaba hasta que el oficial dijo: “Uno hasta Laferrere. Pensé que no llegaba”.

EL ABUELO, EL FITITO Y LAS FLORES

Barrio de Once, pleno día. Ese fitito de bordó brillante recién lustrado sobresalía de su entorno. A lo lejos se dejaba ver un enorme ramo de flores dentro. Se abre la puerta y comienza a descender un señor mayor, muy mayor. Zapatos de charol color negro con un brillo que nada tenía que evidiarle a aquel bordó. Pantalón beige, bien clarito, saco marrón oscuro y a cuadros. Cuadros pequeños. Del bolsillo izquierdo del saco sobresale un gran pañuelo de seda que hacía juego con el fitito por su color. El pelo canoso engominado y la sonrisa de un novio primerizo. Tomó el enorme ramo de rosas rojas, muy rojas. La composición era perfecta. Ahí parados el fitito, las flores y él. Comenzó a caminar lentamente, con pasos cortos que no despegaban los pies del piso, hacia la puerta que lo esperaba. De golpe frenó y apretó un botón del llavero. El fitito hizo beep. Siguió avanzando. Tocó el timbre y se quedó aguardando detrás de las flores. Una voz femenina preguntó ¿Quién? Su voz masculina dijo: Yo. Cincuenta segundos después bajó y abrió la puerta una mujer de poca ropa y mucho cuerpo. Lo saludó efusivamente con un sensual “Hola Bebe, pasá”. Tembloroso, entró y ella cerró la puerta.

En el escalón de la entrada quedó una tarjeta que se le cayó al abuelo: “Alessandra, fantasías y algo más”, decía.