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SANTA CRUZ DE LA SIERRA

El centro de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra nos sorprende con tres rasgos principales. En primer lugar los autos no frenan en las esquinas. Se torean. Se van probando para ver quien pasa y quien deja pasar. Pero no frenan. Tampoco se insultan o se enojan por esa actitud del otro. Funciona así. En segunda instancia, el olor a fritura lo invade todo. Caminar por cualquiera de sus calles sabe a pollo frito. Por último, los taxistas te ven turista y te tocan la bocina, aminoran la marcha, se te ponen al lado y te miran. Un no gracias o un simple cruce de miradas silenciosas son suficientes para que el taxista acelere y te permita seguir siendo peatón.

Ante el exceso de oferta de pollo frito esa noche no cenamos. Nuestro hotel, extremadamente económico, estaba en el primer anillo de una ciudad que se organiza en circunvalaciones que van marcando zonas, barrios y sentidos. Nuestro paso por Santa Cruz era mínimo. Era la forma de arrancar el viaje sobre el nivel del mar para ir subiendo de a poco e irnos cruzando con la Bolivia profunda de a poco. Pero esas 24hs. en pleno centro de Santa Cruz nos sirvió para empezar a observar los contrastes. En la Plaza principal encontramos una carpa con las fotografías de presos y perseguidos políticos. Así los denominan muchos santacruceños que los creen víctimas del poder del gobierno de Evo Morales. Para los oficialistas y gran parte de la población del resto del país se trata de simples golpistas y asesinos. En la Plaza principal de la rica Santa Cruz de la Sierra el mensaje es claro: Autonomía. 

CHAMUYO PETROLERO EN VIRU VIRU

Llegamos a Viru Viru, aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra. Las valijas, mochilas y demás bultos giraban en la cinta transportadora. Nunca entenderé por qué se sigue utilizando este método de sálvese quien pueda. Cada valija tiene un número, cada pasajero guarda su duplicado, pero en lugar de intercambiar ticket por bulto en un mostrador, todas las valijas y mochilas van a esa ruleta rusa de colores, formas y tamaños donde por lo general no menos de tres o cuatro pasajeros se desencuentran con sus pertenencias. Hecho que, obviamente, sucedió. Fueron cuatro las personas que se quedaron con sus equipajes a la deriva. Cosas que pasan.

Luego de 10 minutos de espera aparecieron nuestras dos mochilas grandes y las dos de mano. Resolvimos rápidamente el trámite de migraciones. Mi esposa presentó pasaporte, yo presenté DNI. A continuación nos encontramos con la extensa fila del control de Aduana. La minuciosidad con que revisaban a la mayoría de los bultos alentaba el ritmo. La cola, que daba varias vueltas, incluía a una señora que llevaba una especie de ensalada de zanahoria en su cabeza a modo de cabellera. Era un punto de referencia indiscutible para entender cuánto faltaba. Detrás de nosotros un señor de saco sport claro, pelada incipiente y algo de canas intentaba entablar diálogo con una mujer catalana de no más de 35 años:

-         ¿Conocés? – rompió el hielo él.
-         No, la primera vez que vengo – contestó ella.
-         Yo vengo desde los años ochenta. Trabajo en petróleo -  Le dijo y endureció su rictus realizando un incómodo estiramiento de mandíbula y cuello. Ese claro gesto que va acompañado de un ajuste precoz del nudo de la corbata. Ese gesto de “garca” que inmortalizó Luis Brandoni con su personaje en Esperando la Carroza. En este caso, al movimiento solo le faltó la corbata. Vestía sport.

La charla giró en torno a la topografía boliviana, la altura sobre el nivel del mar y su planicie hasta que en un momento la catalana, como para acotar algo entre tanto monólogo, preguntó:

-         ¿Me dijo que trabaja en petróleo?
-         Sí, en una empresa que cubre desde México hasta Ushuaia.
-         Ah - acotó la chica.

Luego de unos minutos de silencio dedicados a observar como avanzaba la fila, el petrolero comenzó a hablarle, sabedor, de las avivadas de la gente del aeropuerto. Al parecer, según sus dichos, algunos por poca plata hacían aparecer a tiempo los papeles que necesitabas para culminar cierto trámite. Rápidamente ese comentario que parecía acotado al aeropuerto se extendió como descripción a toda la sociedad. No solo a la boliviana sino a la de todos “estos países latinoamericanos”. La catalana comenzaba a mostrar gestos de incomodidad.
Un petrolero argentino hablando con una mujer española, enseguida surgió el tema de Repsol - YPF. Era fija. Al tipo le parecía mal el fondo y la forma de la decisión del gobierno argentino. A ella, que además de española era (recordemos) catalana, le parecía mal la forma. Pero no decía nada sobre el fondo. Él aseguraba que lo que dice el kirchnerismo no es así. Que él lo sabe porque trabajó durante siete años en Repsol. La mujer reiteró que los modos no fueron los mejores pero que en España muchos estaban de acuerdo porque Repsol no es España. El petrolero chamuyero hablaba, indignado, de la vergüenza internacional que significaba el hecho mientras la catalana le explicaba que políticamente Argentina aprovechó la debilidad de España a causa de la crisis para recuperar la empresa. Que no hizo más que devolverle el favor ya que Repsol en los años noventa se había quedado con YPF sacando provecho de la crisis por la que pasaba la Argentina. El petrolero dijo que sí, que puede ser, pero que Repsol en su momento pagó por la empresa. Que él lo sabe porque en ese momento trabajaba en la primera empresa que Repsol compró en el país. A duras penas atinó a reconocer que por la crisis económica el precio de YPF en los años noventa era muy bajo y Repsol “aprovechó” esa circunstancia para adquirir parte de YPF por mucho menos de lo que valía. Pero, claro, fue según las reglas de mercado. Ante tanta palabra, la catalana se apuró en contestar que no se trató simplemente de “reglas de mercado” sino que hubo contextos y decisiones políticas que propiciaron esa situación.
La cosa se empezaba a tensar. No porque debatían a partir de posiciones disímiles sino porque esas posiciones disímiles le complicaban profundamente al tipo sus intenciones de conquista aeroportuaria. A fuerza de currículum, el petrolero insistía con que en el año 89 también había trabajado en otra empresa del rubro. Que en el 91 ya había estado en Bolivia por un tema referido a la producción de gas.
La fila avanzaba cada vez más lento. Una pareja traía un carro con no menos de 15 valijas enormes. Los oficiales de aduana abrieron sus ojos de par en par. Comenzaron a revisar bulto por bulto. Mientras tanto al petrolero chamuyero se le empezaban a mezclar las fechas. La cosa se estaba desmadrando. O había trabajado en varias empresas al mismo tiempo o en su afán de galán gasolero su guión comenzaba a perder coherencia. A esta altura la catalana ya estaba más pendiente de ese otro, su novio, que venía a recibirla que de este que, si bien ponía toda su energía, no podía.
Él insistía con el tema del gas. Le explicaba que es una de las mayores riquezas de Bolivia. Que como consumen muy poco exportan la gran mayoría hacia la Argentina y Brasil. La mujer, aportando nuevamente una mirada un poco más amplia que la de la página número ocho de un diario económico, le planteó la locura que significaba que el país sea tan rico en recursos y su población tan pobre. Ahí el hombre adujo que Bolivia era pobre por culpa de Evo, Chávez, Correa y todos los bolivarianos. En su verborragia al petrolero se le olvidaron como unos quinientos años de historia. La catalana se los hizo recordar.
Ya como último intento, el tipo le comentó que estaba tramitando la ciudadanía española por parte de padre. Pero que no sabía si se la iban a otorgar.

-         ¿Por qué? - le consultó la mujer.
-         Y, por el tema de YPF. Por la expropiación.

Para José Fuel Oil el motivo no era que España luego de años de haber flexibilizado la entrada de inmigrantes porque le hacían falta, ahora, en plena recesión, había endurecido sus políticas sino que la duda era por la expropiación de Repsol. El hombre era petrolero hasta para tomar la sopa. A esta altura, la catalana ya lo padecía.

Entre tanto, a mi esposa le pareció que todos esos que estaban delante se habían colado.

-         ¿Te parece? Acordate de la de cabeza de zanahoria.
-         Ah, tenés razón. Pero esta morocha de acá seguro que se coló.

Giro la cabeza y la veo. Era la misma morocha de Ezeiza. Se metió de prepo y con disimulo en la fila del mismo modo que lo hizo al momento de embarcar. Según lo que pudimos averiguar, ya había hecho lo mismo en los aeropuertos de París y Madrid. Ahora, por fin, volvía a su hogar.

La cola avanzó. Nos realizaron algunas preguntas de rutina y nos retiramos. La catalana se fue con su novio que la esperaba afuera. El petrolero, valija en mano, se la quedó mirando mientras con su rictus endurecido volvió a estirar la mandíbula y el cuello. Como no tenía corbata no se acomodó el nudo y salió. Se quedó esperando la carroza.

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PARTIR

Todavía no guardaste los guantes en la mochila cuando el sonido madrugador del timbre te sobresalta.

-          Ya llegó - nos decimos. Eran las 06:30 de la mañana.

Como de costumbre, la información varía según el medio que uno consulte. Para Aerolíneas Argentinas el vuelo de las 09:25 se había reprogramado para las 10:30hs. Por lo menos eso hacía suponer el correo electrónico que informaba del cambio y el chek in web: 10:30. Mientras tanto, para el sitio web del aeropuerto ese avión mantenía su horario de partida original de las 09:25.

-         Vayamos con tiempo – propuse.  - Además, puede surgir algún imprevisto – Insistí.


El imprevisto que siempre puede surgir

El taxi atravesaba la noche del barrio de Almagro y se dirigía hacia Av. Rivadavia cuando el imprevisto hizo su calculada aparición.
Mi esposa abrió con premura el bolsillo posterior de su mochila de mano. Sacó su celular y luego una especie de agendita con pinta de pasaporte.

-         ¡El pasaporte! – gritó. - ¡El pasaporte! – volvió a gritar. – Volvamos. Me equivoqué. Traje la libreta universitaria.
-         Volvamos – le dijimos al taxista que observaba el diálogo por el espejito retrovisor.

Estábamos solo a diez cuadras, nada grave. Con tiempo suficiente. El imprevisto que siempre sucede.

Ya con la libreta de la Universidad de Buenos Aires en la mesita de luz y el pasaporte en el bolsillo posterior de la mochila de mano, subimos a la autopista. Todavía no amanecía y las cuatro horas de sueño se hacían sentir.
En un intento por retomar el diálogo que había presenciado minutos antes, el taxista acotaba cosas como:

-         Bueno, peor si te dabas cuenta arriba de la autopista o ya en Ezeiza, ja. Ahí si que no se qué hacían. Ja.
-         No, le digo, peor que te lo diga el de Migraciones.


Universidad de Buenos Aires anuncia su vuelo a…

La espera en Ezeiza se hizo larga. Lo que originalmente estaba pautado para las 9:25 que luego se había postergado para las 10:30, finalmente sucedió a las 11:20. El aviso de “demorado” se presentaba a cada instante. Hasta que llamaron a embarcar.
Primero solicitaron que se acercasen los pasajeros de clase ejecutiva. Luego, recién luego, que avancen las mujeres con niños y aquellas personas con necesidades de asistencia. Es decir, primero los “Very Important Pasajeros” y luego, recién luego, las mujeres, los niños y los discapacitados.
Solicitan que formen fila del 10 al 28. La fila se forma y una morocha enrulada empieza a hacerse la distraída hasta que logra colarse. Quedó justo detrás de nosotros.
Ya arriba del avión, cuando todavía no terminás de sentarte, comenzás a observar pequeñas dosis de los contrastes culturales hacia los que nos dirigíamos. Una señora boliviana vestida con ropas típicas quería a toda costa sentarse del lado de la ventanilla pero, detalle, había comprado el pasaje del medio. Se apoltronó en el asiento que no le correspondía y no quería cederlo por nada del mundo. El primer intento del pasajero que reclamaba pasaje en mano ese lugar no dio resultado. El del azafato tampoco. La comisaria de abordo, más rígida en su gesto que el novel azafato, tampoco podía. Llegó a insinuarle al pasajero ventanilla sino le molestaba ir al medio. El pasajero, francés, se molestó. Finalmente, ante la discusión que crecía y la partida que se demoraba, una señora, oriunda de Santa Cruz de la Sierra, de la occidental Santa Cruz de La Sierra, permutó pasillo por ventanilla con la señora nacida en la Ciudad de La Paz.

Todos listos para volar. 

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TODO EMPIEZA


El lunes empieza a terminar. El reloj señala las 18:15. Apagás la PC, agarrás la campera, el morral y te vas.
Hace unos cinco minutos que dejaste la oficina atrás. La ya anochecida calle Florida se pierde entre cientos de almas que vienen y se van. Vienen y se van. Da la sensación que nunca paran. Y vos seguís.
Llegás a Av. Corrientes y buscás el subte. Bajando la escalera chocás de hombro con uno que está más apurado que vos. El tipo frena dos escalones más allá. Vos frenás dos más acá. Lo mirás y te devuelve una mirada desafiante. Vos seguís. Oís un insulto que se aleja. Pero igual seguís.
Pasás la SUBE y el molinete se destraba. La señora de al lado no logra hacer lo mismo. Se quedó sin saldo. Esa puteada la escuchás no tan lejana.
Encarás hacia la escalera mecánica. Recién mientras bajás te cae la ficha. Cuando todavía faltan que se escondan los últimos dos escalones, ves ese cartel que cruzás todos los días pero que hoy cobra otro sentido. Si seguís la flecha que apunta hacia la izquierda, vas para Alem. Si te vas a la derecha, dice la otra flecha, te vas a otro lado. Hacia Los Incas.

Hacia ya vamos. Hacia Los Incas.

Empieza el viaje.

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