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TODO EMPIEZA


El lunes empieza a terminar. El reloj señala las 18:15. Apagás la PC, agarrás la campera, el morral y te vas.
Hace unos cinco minutos que dejaste la oficina atrás. La ya anochecida calle Florida se pierde entre cientos de almas que vienen y se van. Vienen y se van. Da la sensación que nunca paran. Y vos seguís.
Llegás a Av. Corrientes y buscás el subte. Bajando la escalera chocás de hombro con uno que está más apurado que vos. El tipo frena dos escalones más allá. Vos frenás dos más acá. Lo mirás y te devuelve una mirada desafiante. Vos seguís. Oís un insulto que se aleja. Pero igual seguís.
Pasás la SUBE y el molinete se destraba. La señora de al lado no logra hacer lo mismo. Se quedó sin saldo. Esa puteada la escuchás no tan lejana.
Encarás hacia la escalera mecánica. Recién mientras bajás te cae la ficha. Cuando todavía faltan que se escondan los últimos dos escalones, ves ese cartel que cruzás todos los días pero que hoy cobra otro sentido. Si seguís la flecha que apunta hacia la izquierda, vas para Alem. Si te vas a la derecha, dice la otra flecha, te vas a otro lado. Hacia Los Incas.

Hacia ya vamos. Hacia Los Incas.

Empieza el viaje.

SIGUIENTE PARTIR

PALOMA

La vereda venía tranquila. Baldosas flojas pero sin lluvias, poca gente a esa hora de la mañana y uno que otro residuo fisiológico de perro fácil de esquivar. Más allá, un conjunto de palomas. Avancé unos metros más, hacia ellas. La bandada desplegó sus alas y partió rauda hacia el cielo. Salvo una. Curiosamente, esa paloma comenzó a volar hacia mí. A gran velocidad, de frente y a la altura de mis ojos. Me miraba. Primero a diez metros, luego a ocho, a siete, a cinco. Cuanto más cerca, más rápida. En una fracción de segundo quedó a menos de tres metros. Yo frené mis pasos. Quedé rígido mirándola en posición símil Navarro Montoya ante un delantero en un mano a mano del año 1994, pleno Boca de Menotti: parado, manos a los costados, rodillas mínimamente flexionadas y esperando el choque. La paloma también frenó. Quedó estática, flotando en el aire como un helicóptero haciendo tiempo para lanzar su primer misil. Nos medimos durante segundos hasta que la paloma levantó vuelo. Se escapó por arriba de mi cabeza volando bien alto. Me di vuelta. Ya estaba lejos.
Con el misterioso incidente ya superado seguí caminando hacia el subte. Ahí lo de siempre. Empujones, quejas, grandotes que te rodean y vos que cada vez te sentís más encerrado. Y uno con saco de corderoy que espalda contra espalda no dejaba de pegarme codazos cada vez que el movimiento del vagón se lo permitía.
Luego de varios minutos, Codazos bajó. Una estación después también bajé.
Llegué a la oficina. Me saqué los guantes. Dejé la bufanda sobre la silla y me saqué la campera. ¡LA CAMPERA! Estaba manchada. Una marca fea y blanca decoraba su parte posterior. La primera puteada se escuchó hasta enfrente: HIJA DE RE MIL PUTAS. LA PALOMA ME CAGÓ. Una impotencia absoluta se apoderó de mí. Me sentí derrotado, encima, a traición.
La segunda puteada se frenó. Cuando ya estaba por la ele de “hija de re mil…” me llamó la atención la forma bastante irregular de esa mancha de mierda. No tenía el clásico formato de gota blanca media amarronada que se deforma casi chorreando hacia abajo. Esa forma producto de algo que cae veloz desde arriba y pega en seco. No, era una mancha refregada. Más amplia, con roce. Una mancha extendida. Una imagen vino a mi mente. Sonreí.

A diez cuadras, un tipo puteaba como si fuera la última vez. Su saco de corderoy tenía una mancha blanca, media amarronada, deforme y refregada. Era Codazos.


FUMANTWO

Subte A de las 21hs. hacia Plaza de Mayo. Lo peor ya pasó. De 18 a 20 fue una tortura. Ahora, con la noche envolviéndolo todo, sobra lugar.
Ellos dos viajan enfrentados en los asientos que dan a las ventanillas. El más petiso y morocho, muy feliz, saca sus anteojos negros y se los pone. Levanta bien la pera y trata de disfrutar del “sol del subte A” porque “Uuuhhh, como pega el sol del subte A”. Su amigo comienza a lanzar una carcajada silenciosa. Era puro gesto. Boca bien abierta, las mejillas con los pliegues característicos pero sin sonido. Como si estuviese viendo una serie yanki en mute. Risa no verbal.
El otro se sacó los anteojos y dejó ver un par de ojos que insistían por achinarse mientras su boca seguía con el “uuuhhh, el sol del subte…”.

- ¿A qué jugamos? - pregunta con los anteojos en la mano.

Carcajada silenciosa no contesta. Sigue riendo en mute.

- Uuuhhh, ya sé - se contesta el otro. - Juguemos a vender el yoyo de Nico – propone.

En eso una mujer se sienta a su lado. Tenía varios asientos libres pero eligió ese.

- Dale, juguemos a vender el yoyo de Nico. Sabemos que es nuevo, vos sabés que yo lo tengo, pero también sabés que no lo usé.

La señora se percata del sonriente en off y atina a agarrar bien fuerte las bolsas que lleva y empieza a mirar para otro lado.
- ¿Cuánto me darías por el yoyo de Nico?

Sonrisa unplugged sigue sin verbalizar pero con sus dedos hace como que le dice “cinco”.

- ¿$5 pesos me vas a dar por el yoyo de Nico? ¿Nada más?

Sonrisa asiente.

– Uuuhhh, pero si vos sabés que es nuevo y sabés que no lo usé ¿$5 nada más?.

Justo cuando la mujer empieza a sospechar que el estado de ambos no es el mejor, el de los anteojos la mira y le pregunta:

– ¿Usted cuánto me ofrecería por el yoyo de Nico?

La mujer, molesta, mira para adelante y aprieta aún más las bolsas. Sonrisa estalla en una nueva carcajada silenciosa. Anteojos ríe con ganas (y con audio) e insiste:

- Señora, ¿cuánto me daría por el yoyo de Nico? Este me da sólo $5.

La mujer se inquieta, se para y se va hacia la puerta. El subte frena en Loria. En el apuro a la mujer se le caen $10 que quedan en el asiento. Baja a paso rápido. Anteojos ve los $10 y dice “Uuuhhh, qué copado loco”. Anteojos sube la ventanilla y grita: “Señora, Señora tome el yoyo de Nico”. La señora gira y el yoyo, recién lanzado, le pasa a escasos tres centímetros de la mejilla derecha. Anteojos se agarra la cara y dice “Uuuhhh”. La señora corre y sube las escaleras. Desaparece de escena. El subte arranca y sigue viaje. Sonrisa silenciosa gira su cabeza, me mira, se pone serio por primera vez en el viaje y me grita:

- Y vos, ¿de qué te reís?

El yoyo de Nico quedó tirado en el andén de Loria.


8:48 A 9:05

Entre la chica de rulos y el hombre sin pelo no había más de dos tres centímetros. Entre el hombre sin pelo y la señora de sombrero se podían contar alrededor de 4.5cm. Detrás, entre la señora y la presencia del estudiante con mochila y muchas pecas, no existía distancia alguna. Comprobado: la tasa de natalidad se incrementa con mayor rapidez a medida que las demoras en el subte aumentan. Se cree que el momento de mayor fertilidad subterránea se da entre las 8:48 y las 9:05 am. Momento exacto en que las distancias se acortan y los pasajeros se superponen. La estadística no reconoce diferencias. Los embarazos se multiplican y rozan lo inexplicable. Ancianas con repentinos antojos, señores con panzas notorias de diez semanas que salen a la luz ante el inútil esfuerzo del botón de la camisa por no abrirse. Jóvenes parejas que luego de nueve meses descubren que el recién nacido tiene rasgos sospechosamente similares al de aquel nigeriano grandote que subió en Carlos Pellegrini. Más de un oficinista llega a destino con alguna que otra náusea. La situación se vuelve incontrolable. A modo de prevención, las farmacias apostadas a escasos metros de las entradas al subte dejan de vender viagra a las 08:30. En cambio, aquellas situadas a pocos metros de las salidas comienzan a vender la pastilla del "viaje después". Desde los parlantes recuerdan a los pasajeros que conserven sus pases y tarjetas recargables por lo menos nueve meses. Resultan de inestimable ayuda para organizar los análisis de ADN que se solicitan a granel.
Se abren las puertas, el viaje acaba.

PASAJEROS SIN DESTINO

Siempre en grupo. Nunca menos de dos ni más de cuatro. Levantan la vista para mirarse entre ellos y la bajan para ver a los demás. Gustan de los espacios chicos con mucha gente. Su lugar en el mundo son los metros cercanos a las puertas del vagón. Miran, buscan, fichan. Permanecen a la caza de carteras semiabiertas, bolsillos anchos y sacos distraídos. Eximios jugadores de truco, se comunican por señas ante la pasividad del señor de campera, bostezo y mucho sueño. Se tiran muecas de besitos para llamarse, guiños y sacudidas de cabeza para acercarse. Mientras uno intenta posar sus dedos, otros dos le dan una mano arrinconando sigilosamente a la presa. Hacen que viajan. Suben desorganizadamente como si no se conociesen y bajan en fila india dejando al descubierto su relación. Bajan de un lado del andén y suben por el otro a ese tren que está por partir en sentido contrario. Vuelven. Luego ascienden a otro nuevamente en sentido inverso. Amigos de lo ajeno que se mueven de modo extraño. Se intentan mimetizar pero no pueden. Pasajeros sin destino.

SONRISA INCIPIENTE

Un hombre de más de 30 pero menos de 35 vestía modernos anteojos de gruesos marcos negros y una camisa beige con líneas cuadriculadas blancas. Llevaba su bolso/maletín sobre las rodillas. Miraba con cierta timidez todo a su alrededor. A la señora de al lado, a la chica parada frente a él que se movía al ritmo del subte y de su mp3, al vendedor ambulante que intentaba convencer a todos los pasajeros de las bondades de un osito de peluche en miniatura a sólo $5. Mantenía una incipiente sonrisa que nunca llegaba a concretarse. A poco de concluir su paneo notó la presencia de una mujer. Iba de espaldas a él pero le parecía conocida. Cabellos rubios que dejaban ver su color castaño original, camisa blanca ajustada, no más de un metro sesenta. Apretando el maletín, entrecerró los ojos haciendo un esfuerzo mayor por confirmar su recuerdo. El viaje avanzaba y el vagón se vaciaba. La chica, llegando a Estación Florida, se acercó a la puerta. Ella estaba a punto de bajar mientras él no lograba recordar quién era. De un segundo a otro su gesto cambió y su corazón comenzó a acelerarse. Había confirmado su recuerdo. Era ella. Colgó su bolso cruzado en el pecho, y se abalanzó sobre la puerta. Le tocó el hombro. Ella giró, dudó, pero lo reconoció.

- Hola, ¿cómo te va? - dijo él.
- Bien, ¿vos? – contestó ella con fastidio.
- ¿Dónde estás trabajando?
- Eeeh...en una constructora.
- Ah, bien, mejor, ¿no?
- Sí, la dejé a Romina allá.
- Ah, cierto, la vi. Fui el otro día a cobrar. ¿La constructora es por acá?
- Sí, por Lavalle.
- Llamame, estoy cerca. Podemos ir a tomar algo – Le dice mientras le entrega su tarjeta personal.
La chica sorprendida e incómoda pero acompañada de la complicidad de la frenada, responde:
- Eeemmm, seee...no creo que pueda, estoy muy complicada. Cero tiempo.
- Ah, ¿no? Uh!
- Chau, suerte.
- Nos vemos.

La chica descendió y buscó la escalera mecánica. Desde adentro, él se quedó mirándola con su sonrisa todavía incipiente. El subte volvió a arrancar y se perdió en el oscuro túnel. La escalera terminó de subir. Ella siguió su camino y justo antes de salir a la calle un cesto de basura le propuso sus servicios. Fue una invitación difícil de rechazar. No lo pensó dos veces. La tarjeta se transformó en un pequeño y arrugado bollo y se perdió en la oscuridad del tacho.
El subte llegó a Alem, él bajó y al cruzar le pareció ver a lo lejos a una chica morocha de botas negras largas, muy largas y una pollera corta, muy corta. Tarjetero plateado en mano, fue en su búsqueda. A 50 metros de allí, otro cesto, parecido pero no igual al anterior, ya se relamía.

TIRA BESITO


- Es furor en Europa - se escuchaba desde el otro vagón.
- Recién llegado a la Argentina - la voz ambulante del vendedor se oía cada vez más cerca.
- Una caja de bombones, ¿cuánto te sale una caja? ¡¡cuarenta mangos loco!! ¿Y qué hacé? En cambio, con esto soprendé.

La señora sentada de blanco lo miraba con cara de socióloga en plena vuelta a casa.

- Mirá que yo me voy de noche, agarro una pareja de acaramelados y estos a diez pesitos salen por un tubo.

El pibe que estaba por bajar lo miraba sonriente.

- Pero acá, subterráneo, cuánto te puedo cobrar, papá. Cinco pesitos. Los bombones son $40, pero con esto soprendé, papá, soprendé.

El subte paró, el chico bajó. Dos minutos más hubieran alcanzado para convencerlo.

- Es lo que se usa. Está de moda, recién llegado - insistía.

La socióloga cambió su mirada aguda e interesada por una sonrisa relajada. La frase inolvidable estaba apunto de llegar:

- Ositos de peluche en miniatura. Dicen ailaviu, tiran besito y encienden la lu, cinco pesitos.

Con mucha simpatía, acercó uno de los ositos al hombro de una chica. La joven sintió al osito. Se sonrojó y lo acarició.
- ¿Ya lo queré, papá? - le preguntó al hombre de al lado que se mantenía indiferente al osito pero pendiente del escote de la chica mientras esta acariciaba al osito.

- Te estás convenciendo - le dijo mientras se alejaba hacia el siguiente vagón.
- Dicen ailaviu, tiran besito... - se escuchaba como se iba. 

La chica y el hombre indiferente, charlaban. El osito, ya prendía la lu. La presencia de un grupo de cuatro jóvenes que invitaban a la curiosidad no lo intimidaba.

11M o 6J

Estación Bulnes. Llega el subte, con vagones modernos y muy europeos, me subo. Viernes 6 de junio de 2008, 14:13hs. El vagón, intermedio, llevaba a la mayor parte del pasaje sentada. Unos pocos viajaban parados esperando que alguna señora se levante para bajar y deje libre el asiento. Una señora se levantó para bajar y dejó libre el asiento. Me senté. A la derecha había un lugar libre que prontamente sería ocupado por un hombre de 35 años. Alto, tez morena, un sobretodo que debajo seguramente ocultaba un saco. Se dejaba ver el cuello de una camisa sin corbata. Sus rasgos eran inigualablemente medio orientales (por no decir del todo). Enfrente, entre la ventanilla y la puerta, un cartel con un mapa. Simulaba indicar el recorrido del subterráneo porteño pero llevaba a ciudades europeas. Invitaba a viajar por el mundo. Levanto la cabeza. También enfrente, pero más arriba, busco el cartel indicador con el recorrido para saber donde bajar. Sorprendentemente, donde correspondía que diga Catedral se indicaba una inexplicable estación “Santiago Bernabeu”. El de rasgos medio orientales comenzó a rezar. Era una oración en árabe. En voz baja, casi susurraba. Sólo la escuchábamos él y yo. Volví a leer. No lo podía creer. Pestañee, observé nuevamente al hombre, volví a pestañear. Volví a leer: en lugar de Bulnes, decía ATOCHA. Por un momento todo se paralizó, salvo el rezo. Cada vez lo decía más rápido, con más ímpetu. En el cartel seguía diciendo lo mismo. La gente todavía parada se movía en cámara lenta. Seguía diciendo lo mismo. Comencé a mirar intermitentemente hacia todos lados al mismo tiempo. El pibe que llevaba gorrito de boca, se transformó en socio del Madrid, el anciano dejó de leer Clarín, ahora era ''El País''. Un joven le ofrecía a una agradable señorita cojerle la cartera que se le había caído. El Diario Olé se transformó en Marca. Por un momento Buenos Aires se transformo en Madrid. Por un momento, viajaba en el tiempo. ¿Era el 11M de 2006 a las 9:50 de la mañana? ¿Justo un minuto antes del atentado? El hombre dejó de rezar, se bajó. Justo debajo del borde superior de la puerta, todavía abierta, llegué a leer algo así como ''TRIBUN...''. Parecía volver el aire porteñó. Volvía la calma, la tranquilidad. Pero no, en España no habían sido suicidas, fueron mochilas detonadas remotamente por celulares. El medioriental tenía celular y ya se había bajado. La calma desapareció, gire hacia la derecha. Mire sin calma y con mucha prisa: no había mochila, no había bomba. El avance del subte me permitió completar el nombre de la Estación: ''...ALES''. Volví a Buenos Aires, 6J.

Todavía no pude descubrir que anunciante pautó tan explosiva ambientación de vagón.