El centro de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra nos sorprende con tres rasgos
principales. En primer lugar los autos no frenan en las esquinas. Se torean. Se
van probando para ver quien pasa y quien deja pasar. Pero no frenan. Tampoco se
insultan o se enojan por esa actitud del otro. Funciona así. En segunda
instancia, el olor a fritura lo invade todo. Caminar por cualquiera de sus
calles sabe a pollo frito. Por último, los taxistas te ven turista y te tocan
la bocina, aminoran la marcha, se te ponen al lado y te miran. Un no gracias o
un simple cruce de miradas silenciosas son suficientes para que el taxista
acelere y te permita seguir siendo peatón.
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SANTA CRUZ DE LA SIERRA
CHAMUYO PETROLERO EN VIRU VIRU
Llegamos
a Viru Viru, aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra. Las valijas, mochilas y
demás bultos giraban en la cinta transportadora. Nunca entenderé por qué se
sigue utilizando este método de sálvese quien pueda. Cada valija tiene un
número, cada pasajero guarda su duplicado, pero en lugar de intercambiar ticket
por bulto en un mostrador, todas las valijas y mochilas van a esa ruleta rusa de
colores, formas y tamaños donde por lo general no menos de tres o cuatro
pasajeros se desencuentran con sus pertenencias. Hecho que, obviamente,
sucedió. Fueron cuatro las personas que se quedaron con sus equipajes a la
deriva. Cosas que pasan.
Luego
de 10 minutos de espera aparecieron nuestras dos mochilas grandes y las dos de
mano. Resolvimos rápidamente el trámite de migraciones. Mi esposa presentó
pasaporte, yo presenté DNI. A continuación nos encontramos con la extensa fila del
control de Aduana. La minuciosidad con que revisaban a la mayoría de los bultos
alentaba el ritmo. La cola, que daba varias vueltas, incluía a una señora que
llevaba una especie de ensalada de zanahoria en su cabeza a modo de cabellera.
Era un punto de referencia indiscutible para entender cuánto faltaba. Detrás de nosotros un señor de
saco sport claro, pelada incipiente y algo de canas intentaba entablar diálogo
con una mujer catalana de no más de 35 años:
-
¿Conocés? – rompió
el hielo él.
-
No, la primera
vez que vengo – contestó ella.
-
Yo vengo desde
los años ochenta. Trabajo en petróleo -
Le dijo y endureció su rictus realizando un incómodo estiramiento de
mandíbula y cuello. Ese claro gesto que va acompañado de un ajuste precoz del
nudo de la corbata. Ese gesto de “garca” que inmortalizó Luis Brandoni con su
personaje en Esperando la Carroza. En este caso, al movimiento solo le
faltó la corbata. Vestía sport.
La
charla giró en torno a la topografía boliviana, la altura sobre el nivel del
mar y su planicie hasta que en un momento la catalana, como para acotar algo
entre tanto monólogo, preguntó:
-
¿Me dijo que
trabaja en petróleo?
-
Sí, en una
empresa que cubre desde México hasta Ushuaia.
-
Ah - acotó la
chica.
Luego
de unos minutos de silencio dedicados a observar como avanzaba la fila, el
petrolero comenzó a hablarle, sabedor, de las avivadas de la gente del
aeropuerto. Al parecer, según sus dichos, algunos por poca plata hacían
aparecer a tiempo los papeles que necesitabas para culminar cierto trámite.
Rápidamente ese comentario que parecía acotado al aeropuerto se extendió como
descripción a toda la sociedad. No solo a la boliviana sino a la de todos
“estos países latinoamericanos”. La catalana comenzaba a mostrar gestos de
incomodidad.
Un
petrolero argentino hablando con una mujer española, enseguida surgió el tema
de Repsol - YPF. Era fija. Al tipo le parecía mal el fondo y la forma de la
decisión del gobierno argentino. A ella, que además de española era
(recordemos) catalana, le parecía mal la forma. Pero no decía nada sobre el
fondo. Él aseguraba que lo que dice el kirchnerismo no es así. Que él lo sabe
porque trabajó durante siete años en Repsol. La mujer reiteró que los modos no
fueron los mejores pero que en España muchos estaban de acuerdo porque Repsol
no es España. El petrolero chamuyero hablaba, indignado, de la vergüenza
internacional que significaba el hecho mientras la catalana le explicaba que
políticamente Argentina aprovechó la debilidad de España a causa de la crisis
para recuperar la empresa. Que no hizo más que devolverle el favor ya que
Repsol en los años noventa se había quedado con YPF sacando provecho de la
crisis por la que pasaba la Argentina. El petrolero dijo que sí, que puede ser,
pero que Repsol en su momento pagó por la empresa. Que él lo sabe porque en ese
momento trabajaba en la primera empresa que Repsol compró en el país. A duras
penas atinó a reconocer que por la crisis económica el precio de YPF en los años
noventa era muy bajo y Repsol “aprovechó” esa circunstancia para adquirir parte
de YPF por mucho menos de lo que valía. Pero, claro, fue según las reglas de
mercado. Ante tanta palabra, la catalana se apuró en contestar que no se trató
simplemente de “reglas de mercado” sino que hubo contextos y decisiones
políticas que propiciaron esa situación.
La
cosa se empezaba a tensar. No porque debatían a partir de posiciones disímiles
sino porque esas posiciones disímiles le complicaban profundamente al tipo sus
intenciones de conquista aeroportuaria. A fuerza de currículum, el petrolero
insistía con que en el año 89 también había trabajado en otra empresa del
rubro. Que en el 91 ya había estado en Bolivia por un tema referido a la
producción de gas.
La
fila avanzaba cada vez más lento. Una pareja traía un carro con no menos de 15
valijas enormes. Los oficiales de aduana abrieron sus ojos de par en par.
Comenzaron a revisar bulto por bulto. Mientras tanto al petrolero chamuyero se
le empezaban a mezclar las fechas. La cosa se estaba desmadrando. O había
trabajado en varias empresas al mismo tiempo o en su afán de galán gasolero su
guión comenzaba a perder coherencia. A esta altura la catalana ya estaba más
pendiente de ese otro, su novio, que venía a recibirla que de este que, si bien
ponía toda su energía, no podía.
Él
insistía con el tema del gas. Le explicaba que es una de las mayores riquezas
de Bolivia. Que como consumen muy poco exportan la gran mayoría hacia la
Argentina y Brasil. La mujer, aportando nuevamente una mirada un poco más
amplia que la de la página número ocho de un diario económico, le planteó la
locura que significaba que el país sea tan rico en recursos y su población tan
pobre. Ahí el hombre adujo que Bolivia era pobre por culpa de Evo, Chávez,
Correa y todos los bolivarianos. En su verborragia al petrolero se le olvidaron
como unos quinientos años de historia. La catalana se los hizo recordar.
Ya
como último intento, el tipo le comentó que estaba tramitando la ciudadanía
española por parte de padre. Pero que no sabía si se la iban a otorgar.
-
¿Por qué? - le
consultó la mujer.
-
Y, por el tema
de YPF. Por la expropiación.
Para
José Fuel Oil el motivo no era que España luego de años de haber flexibilizado
la entrada de inmigrantes porque le hacían falta, ahora, en plena recesión, había
endurecido sus políticas sino que la duda era por la expropiación de Repsol. El
hombre era petrolero hasta para tomar la sopa. A esta altura, la catalana ya lo
padecía.
Entre
tanto, a mi esposa le pareció que todos esos que estaban delante se habían
colado.
-
¿Te parece? Acordate
de la de cabeza de zanahoria.
-
Ah, tenés
razón. Pero esta morocha de acá seguro que se coló.
Giro
la cabeza y la veo. Era la misma morocha de Ezeiza. Se metió de prepo y con
disimulo en la fila del mismo modo que lo hizo al momento de embarcar. Según lo
que pudimos averiguar, ya había hecho lo mismo en los aeropuertos de París y
Madrid. Ahora, por fin, volvía a su hogar.
La
cola avanzó. Nos realizaron algunas preguntas de rutina y nos retiramos. La
catalana se fue con su novio que la esperaba afuera. El petrolero, valija en
mano, se la quedó mirando mientras con su rictus endurecido volvió a estirar la
mandíbula y el cuello. Como no tenía corbata no se acomodó el nudo y salió. Se
quedó esperando la carroza.
ANTERIOR PARTIR //// SIGUIENTE SANTA CRUZ DE LA SIERRA
ANTERIOR PARTIR //// SIGUIENTE SANTA CRUZ DE LA SIERRA
PARTIR
Todavía
no guardaste los guantes en la mochila cuando el sonido madrugador del timbre
te sobresalta.
-
Ya llegó
- nos decimos. Eran las 06:30 de la mañana.
Como
de costumbre, la información varía según el medio que uno consulte. Para
Aerolíneas Argentinas el vuelo de las 09:25 se había reprogramado para las
10:30hs. Por lo menos eso hacía suponer el correo electrónico que informaba del
cambio y el chek in web: 10:30. Mientras tanto, para el sitio web del
aeropuerto ese avión mantenía su horario de partida original de las 09:25.
-
Vayamos con
tiempo – propuse. - Además, puede surgir
algún imprevisto – Insistí.
El imprevisto que siempre
puede surgir
El
taxi atravesaba la noche del barrio de Almagro y se dirigía hacia Av. Rivadavia
cuando el imprevisto hizo su calculada aparición.
Mi
esposa abrió con premura el bolsillo posterior de su mochila de mano. Sacó su
celular y luego una especie de agendita con pinta de pasaporte.
-
¡El pasaporte!
– gritó. - ¡El pasaporte! – volvió a gritar. – Volvamos. Me equivoqué. Traje la
libreta universitaria.
-
Volvamos – le
dijimos al taxista que observaba el diálogo por el espejito retrovisor.
Estábamos
solo a diez cuadras, nada grave. Con tiempo suficiente. El imprevisto que
siempre sucede.
Ya
con la libreta de la Universidad de Buenos Aires en la mesita de luz y el
pasaporte en el bolsillo posterior de la mochila de mano, subimos a la
autopista. Todavía no amanecía y las cuatro horas de sueño se hacían sentir.
En
un intento por retomar el diálogo que había presenciado minutos antes, el
taxista acotaba cosas como:
-
Bueno, peor si
te dabas cuenta arriba de la autopista o ya en Ezeiza, ja. Ahí si que no se qué
hacían. Ja.
-
No, le digo,
peor que te lo diga el de Migraciones.
Universidad de Buenos Aires
anuncia su vuelo a…
La
espera en Ezeiza se hizo larga. Lo que originalmente estaba pautado para las
9:25 que luego se había postergado para las 10:30, finalmente sucedió a las
11:20. El aviso de “demorado” se presentaba a cada instante. Hasta que llamaron
a embarcar.
Primero
solicitaron que se acercasen los pasajeros de clase ejecutiva. Luego, recién
luego, que avancen las mujeres con niños y aquellas personas con necesidades de
asistencia. Es decir, primero los “Very
Important Pasajeros” y luego, recién luego, las mujeres, los niños y los
discapacitados.
Solicitan
que formen fila del 10 al 28. La fila se forma y una morocha enrulada empieza a
hacerse la distraída hasta que logra colarse. Quedó justo detrás de nosotros.
Ya
arriba del avión, cuando todavía no terminás de sentarte, comenzás a observar
pequeñas dosis de los contrastes culturales hacia los que nos dirigíamos. Una
señora boliviana vestida con ropas típicas quería a toda costa sentarse del
lado de la ventanilla pero, detalle, había comprado el pasaje del medio. Se
apoltronó en el asiento que no le correspondía y no quería cederlo por nada del
mundo. El primer intento del pasajero que reclamaba pasaje en mano ese lugar no
dio resultado. El del azafato tampoco. La comisaria de abordo, más rígida en su
gesto que el novel azafato, tampoco podía. Llegó a insinuarle al pasajero ventanilla
sino le molestaba ir al medio. El pasajero, francés, se molestó. Finalmente,
ante la discusión que crecía y la partida que se demoraba, una señora, oriunda
de Santa Cruz de la Sierra, de la occidental Santa Cruz de La Sierra, permutó
pasillo por ventanilla con la señora nacida en la Ciudad de La Paz.
COLÓN Y SU NOCHE LOCA
En la caminata del post mediodía casi que no habíamos
cruzado seres vivientes más allá de unos cuantos perros. En esta caminata
nocturna la ciudad era otra cosa. Decenas y decenas de peatones en plan de ir a
cenar, a comprar, a caminar. Decenas y decenas de autos y cuatrosxcuatros
transitando por la 12 de abril, por Urquiza, por San Martín. No enloquecedores
miles de vehículos. No. Simplemente algunas decenas.
La noche nos invitó a pasar por Heladería Italia. No se
puede pasar por una ciudad, por un pueblo, el que sea, sin degustar el helado
local. Es un rito, una obligación, un placer.
El cartel luminoso del local mostraba la foto de dos
nenas disfrutando de su capelina de tres bochas: frutilla, vainilla y
chocolate. Sonreían. Una con sus dientes muy separados y la otra con los ojos
entrecerrados. Buzo rojo para una, rosa para la otra. Era una foto familiar de
verdad utilizada como foto publicitaria. Nada de Photoshop ni modelos 906090
saboreando ninguna cuchara en pose sexy. No, la foto ochentosa, de quizás las
propias hijas de los dueños, era la punta de lanza de la cálida sencillez del
lugar. Si, porque la heladería tenía una cálida sencillez.
Nos sentamos en uno de los bancos de la vereda con la
combinación de menta y limón en la mano. La noche de Colón empezó a pasar por
delante nuestro como en una cinta transportadora de dos direcciones. La avenida
principal. El paseo comercial. Una nena grita:
-¡¡Control, control!!
El corredor que venía a contramano por la avenida casi se
pasa pero frenó ante la mesa. Transpirado, con su remera dry fit
correspondiente, shorticito negro bien corto y zapatillas reglamentarias. Todo
un runner. En la mesa, el padre de la nena le pide nombre de equipo y número.
Se lo informa y sigue corriendo. El padre de la nena anota y marca algo en su
celular. Treinta segundos después el que casi se pasa por no escuchar los
gritos era un corredor disfrazado de payaso. Luego vinieron Batman con el
guasón, que se robó un grisin de la mesa informal de control. Minutos después
un hombre corría con su mujer atada a su espalda. Ella también corría. Pasaron
un bañero con un salvavidas cruzado al pecho, una bruja con escoba, un corredor
que hacía las veces de bebe. También otro que a la pregunta: ¿De qué equipo
sos? Respondió: Soy de Corre Colón dejando
constancia que no se tomaron el trabajo de contratar ni a Agulla ni a Bacetti
para pensar los nombres.
Se trataba de una carrera nocturna por el centro de Colón
con premios al mejor disfraz. Y los tipos corriendo por la calle, por la
vereda, entre las mesas de los bares. Y el puesto de control que era un padre y
su hija sentados en una mesa comiendo una picada con gaseosa para ella y con
cerveza bien fría para él. Sin señalización, la única referencia para los
corredores era el grito de la nena. Cuando la veían agitar sus brazos, muchos
la saludaban y seguían corriendo suponiendo que se trataba de una fan al paso.
Pero no. Metros después entendían el gesto y el grito de control, control y
volvían. Niñá indicial, niña señal.
Todavía quedaba helado, solamente menta, ya nada de
limón, cuando a lo lejos se oyó una voz: era un guitarrista a la par de una
camioneta con altoparlantes a los que estaba conectado el micrófono que un
asistente le mantenía firme para que se escuche su canto.
El pastor iba más adelante. Con otro micrófono alentaba a
los fieles que iban de a decenas por detrás de la camioneta y del pesebremóvil.
La procesión va por la 12 de abril. Y el pastor, en pleno agite pre navideño,
anunciaba que el mesías había llegado a Colón. Y en eso estábamos cuando volvió
a pasar Batman con el guasón de coequiper por delante de la mesa de control,
control, control, controooool…
EL ALMACENERO DE COLÓN
El almacenero le dice ''La Capi''. ¿Son de La Capi ? ¿De qué parte de La Capi ? ¿Cuándo se vuelven a La Capi ? ¿Mucho quilombo en La Capi ?
Nosotros nos preguntábamos: ¿Por qué le dice La Capi a La Capi? ¿Para qué?
Un almacenero polirubro muy atento con sus clientes y con
bastante picazón. Se rasca la nuca con nuestras futuras zanahorias en la mano.
Las pesa y las deja. Ahora se vuelve a rascar pero en sus manos estaban las
bananas. Las pesa y las deja.
Un bidón de agua, zanahorias, bananas, tomates, unas DRF
y las tostadas. Son $42 con 50. Le
pagamos con uno de 100. Saca la plata de la caja y empieza a contar nuestro
vuelto. También empieza a escupirlo, sutilmente, para poder contarlo. Y nos lo
da. Y nos vamos. Pero antes de irnos nos deja un papel anotado a mano con los
datos de los bungalows que tiene en alquiler.
-Para cuando vengan de vuelta de La Capi. Son ahí enfrente.
Completitos, con aire y bien limpitos.
-Chau, gracias
-Chau
Cruzamos. El almacenero había quedado sentado en su
reposera frente a la puerta del local. Con su musculosa gris que dejaba ver
brazos con rizos definidos. Mismo tipo de brazos y de rizos que se pudieron
observar de a decenas en el recital que días antes había dado Madonna en una
tal “La Capi ”. (LINK)
COLÓN, ENTRE RÍOS
LLEGADA
Llegamos a la Estación. Amagamos
con ir caminando hasta el bungalow pero un vecino atento al que le consultamos
si era para allá o para acá nos dijo miren
que son como 15 cuadras largas. Tómense un remís. Pero ese no. Les saca la
cabeza. Vayan a ese.
Fuimos y de inmediato partimos. Era verdad. El calor y la
distancia eran motivo suficiente para no ir a pie.
Desde el auto pudimos
observar esa marca indeleble de los años dos mil en los pueblos del interior
del país: dos chicas en ciclomotor. Como en Lobos, en Chascomús, en San Pedro.
Llegamos. Nos recibe la
dueña del complejo. Nos saluda, nos dice que es de Quilmes, que Colón es un
lugar muy tranquilo donde no existe el stress. Vuelvan sin problema a las tres
o cuatro de la madrugada. No hay peligro. Todo es muy tranquilo.
No hay stress
PELEA en
la 12 de abril
Dos utilitarias.
Avanzando una detrás de la otra. Por la transversal, una camioneta de la
policía. El que iba adelante frena y sacando los brazos por la ventana le grita
a la policía:
- ¡¡Detengan al de atrás!! Está loco, me viene siguiendo,
gritando y tocando con la camioneta.
Gritaba en el mejor estilo ''mírelo eh!, mírelo eh!, de Ñoño en pleno centro de Colón.
La camioneta de la policía frena y bajan dos oficiales.
Mientras, el chofer que era objeto de las acusaciones lo encara al de adelante:
- Qué te pasa, estás loco, me tocaste. Mirá como me
dejaste la camioneta.
- Pero si yo no te toqué - retrucaba tanteando la
distancia y con las manos hacia atrás.
- Qué no, boludo. ¿Quién te dio el registro? ¡¡Pelotudo!!
De rulitos y remera verde, el conductor de la utilitaria
de atrás seguía gritando totalmente sacado. Su primer golpe estaba a punto de
hervor. El policía observaba la escena a tan solo cincuenta centímetros. El
bajito, semipelado, con anteojos y musculosa naranja de la camioneta de
adelante, se mantenía en un calculado gesto de “yo no fui” al mismo tiempo que
inclinaba su cuello hacia adelante como buscando, como yendo a encontrar, ese
primer golpe que Rulitos estaba a punto de dar.
Y Rulitos lo dio. Quedó a medio camino entre piña y
agarre de cuello, pero el golpe existió. El de naranja empezó a ñoñar
nuevamente:
- Vio oficial, me agredió.
Rulitos se sacó aún más y lo fue a buscar con todas las
ganas. Recién a esa altura la policía actuó. Uno frenó a Rulitos, el otro
separó al semipelado. Rulitos estaba como loco y ya empezaba a complicar del
todo su noche. Se resistía al oficial, lo empujaba. Volvía a gritar.
-¡¡Pero boludo, mira como me abollaste la camioneta!! ¡¡Pelotudo!!
El de naranja se mantenía con las manos en alto y ese
gesto de inocente sobreactuado. Dejó al personaje del Chavo para pasar a un más
logrado Guillermo Barros Schelotto de superclásico mirando al árbitro.
La gente se empezó a amontonar en las cuatro esquinas
para seguir los vaivenes de la discusión. Por el medio de los espectadores
apareció saltando en una pierna un muchacho de remera blanca a rayas
horizontales azules. Superó a la muchedumbre y desde atrás lo fue a encarar al
semipelado. Cuando el contacto era inminente el policía se cruzó y lo detuvo.
El golpe se quedó en potencial cediendo su lugar a una puteada muy bien
materializada:
-¡¡Hijo de rrrrrrrre mil putas, la puta madrrrrre que te rrrrrrrre
parió!!
Mientras Enunapata seguía insultando, ante la sorpresa de
todos los presentes, Rulitos le gritó:
- Vos quedate en la camioneta.
Luego de treinta segundos de negación, Enunapata se
volvió a la utilitaria gris saltando sobre la pierna que le quedaba sana. La
otra, la izquierda, mostraba un tobillo hinchado que nada podía envidiarle a
aquel del Diego del mundial 90.
Dejamos nuestro papel de espectadores de la pelea que ya
no era. Había mutado en un trámite administrativo de firmas y seguros. En ese
momento entendés por qué una pelea de boxeo tiene más espectadores que una
partida de ajedrez. Y también notas que fue una excepción a la regla. En Colón,
salvo ese pequeño incidente, reina la tranquilidad. En las grandes urbes, todos
intentamos escapar de las sofisticaciones y complejidades en busca de cierta paz.
En Colón nadie necesita escapar de la sofisticación estresante. Nunca se fueron
de su sencillez como para tener esa necesidad de volver. Pareciera que tienen
aprendida (y aprehendida), esa lección de entrada: el final es en donde partí.
La Costanera
Colón tiene un complejo termal. Está ubicado en la punta
de la costanera. Costanera que, para nosotros, empezaba en la otra punta. Primero,
más cercano, se situaba el río al pie de las escalinatas que te llevan al
Parque Quirós. Luego playas municipales de uso público y gratuito. Más allá,
más playas dentro de un club llamado Piedras Coloradas. $10 la entrada. Ese club
tenía un cartel de prohibido jugar al
fútbol con sus patas sumergidas en medio del agua. Lo había visto el día
anterior pero con la cámara de fotos abandonada en el bungalow. Aproveché la
caminata para volver un segundo y tomar esa imagen. Fui llegando y noté que la
crecida del río era mayor. Y no encontraba el cartel. Hasta que más o menos me
ubiqué en el espacio y me dije es ahí. Solamente se leía “prohibido”. La foto ya no podía ser. El cartel se había perdido.
Unas cuadras más y la playa se convirtió en una costanera
con baranda de balaustros clásicos de costaneras con barandas. Ya llegando al
punto equidistante entre una punta y la otra encontramos el puerto. Y un
embarcadero de pequeñas lanchas y veleros. Y la vieja estación fluvial que hace
las veces de oficina de información turística. Y más costanera con balaustros. Avanzás.
Un lugar que se llama El sótano de los Quesos. Bajamos. Para cuando
subimos, el sótano quedó con una cerveza y dos provoletas menos. Seguís
caminando. Siempre el río a tu lado. A veces más cerca, a veces más alejado.
Más playas. Sin arena como las anteriores pero de un verde parejo. Con mucha
más gente. Y muchos, muchísimos perros. Pasás las playas y ves el final. Ves
como Colón empieza a dejar de ser. ¿Y las termas? Entonces preguntás.
Las termas
Te indican que tenés que subir por aquella calle. Y a dos
cuadras doblar a la derecha. Y caminar una cuadra más. Ahí pagás los $50 e ingresás.
Las piletas rondan los 30º. La caminata de una hora bajo el sol y el calor
penetrante del día las hacen sentir como de 10º.
Tres cosas debés hacer: sumergirte, dejar que los chorros
de las duchas superiores te den en la espalda y relajar. Cada tanto cambiar de
pileta para probar las variantes, mínimas, de temperaturas y la potencias,
máximas, de los duchadores.
A los chorros leves los llaman no invasivos. A los
fuertes, si, invasivos. Lo son pero luego de unos minutos tus hombros se
acostumbran. Los dejan pasar.
En las afueras de Colón, a tan solo 10 minutos (porque
las distancias se miden en unidad de tiempo) se ubican otras termas. Las de San
José. Si estás con suerte y sin auto te lleva un remisero de Córdoba y Gascón,
de La Capi , que
se vino a vivir hace 6 meses a Colón. Su hija, su yerno y sus nietos hace dos.
Nos recomienda que nos volvamos antes de las 18hs. Minutos después nos da su
tarjetita con el número de móvil. Y nos dice que hoy trabaja hasta las 18.
El complejo es similar al de Colón. Las aguas quizás un
poco más cálidas. Pero la gran diferencia son los toboganes. El divertimento de
todos durante la tarde.
PARTIR
Un perro que busca complicidad en una perra. Se huelen,
se miden. La perra no acepta la invitación y se va. El perro, triste, te mira
con rostro perdedor. Y no se va. Se queda, se rasca, se sienta. Es la terminal
de micros de Colón un 25 de diciembre por la tarde. El kiosko y el bar
cerrados. Las boleterías abiertas. Un Flechabus que llega y se va. El Rápido
Tata que está por llegar. En la estación seremos no más de 25 a 30 entre pasajeros,
familiares y bolsos. Uno al que todavía le dura el brindis del 24 intenta
chamuyar a una rubia en busca de otra noche buena. Pero la rubia solo atina a
sonreírle y mirar su celular. Le sonríe y mira su celular. Hasta que llega el
Tata. Y cargamos los bolsos, las bolsas y la terminal queda casi vacía.
TIBURÓN
Cabo Polonio, media tarde y estás llegando a la playa. Muchas
familias, pibes con tablas de surf, niños con baldes haciendo formas en la
arena, mucha gente en el agua. De golpe una familia tipo completa comienza a
señalarse mutuamente algo allá lejos en el agua. Mucho más al costado, una
pareja de novios también mira hacia allí. A menos de treinta metros de la
orilla podía observarse como aparecía y se escondía la aleta dorsal de un
tiburón. Los dedos índices comenzaron en forma generalizada a cumplir su
función. Todos en el agua marcaban lo mismo y desde la arena comenzaban a
imitarlos. Muchos miraban, otros corrían en busca de sus cámaras y unos pocos,
no más de tres, se acercaban lentamente hacia el escualo. Nadie salía del agua.
Por un momento pareció acercarse un poco más, a unos 20 metros quizás. Casi
todos los mayores de 25 años ya habían repasado la imágenes de Tiburón I, II y
III (salvo el pibe de la cama inflable que no había visto la última). La aleta
dorsal comenzó a aparecer cada vez más lejos. La calma ganó el agua y
nuevamente cada cual a su rutina. Los flacos fibrosos a hacer pinta, las colas
del gym a salirse del cuerpo de ese par de chicas, los pibes con el abuelo a
jugar al tejo, las dos nenas a la pelota paleta.
Segundos después, desde el agua una nena rubia pegó un
grito que cortó el aire a cuchillo. Por un segundo chau rutinas, todas las
miradas allí. Pero no fue nada. Pobre, había pisado imprevistamente un caracol.
MILTON TAXISTA
La Paloma, Uruguay. 08:20 de la mañana.
Milton, alpargatas blancas, pantalón de campo tipo babucha,
camisa celeste fuera del pantalón y último botón desabrochado. El pelo
ensortijado, peinado por esa almohada q abandonó hace dos horas.
- ¿La yerba en Uruguay es siempre sin palo? - preguntó la
psajera porteña acostumbrada a la con palo.
Milton hizo un breve silencio que pareció una eternidad.
- Esteeeee...
- Sí ya sé, me vas a decir que la yerba de verdad es sin
palo.
- Lo que pasa es que el uruguayo q toma mate, el uruguayo,
lo toma sin palo. Aquí es una religión tomar mate.
- En cualquier momento del día, ¿no?
- Sí, qué sé yo, tomo a la mañana. De hecho acá abajo lo
tengo listo (señala debajo del asiento).
-----------------------------
- Buen día Milton - le dicen por el intercomunicador.
- Buen día Nelson - contesta Milton - volví del viaje a La Pedrera , estoy yendo a la
terminal con pasajeros – agrega.
- Cuchame che, ¿lo del Diego era por la Mercurio ?
- Sí, Mercurio entre Júpiter y Neptuno.
-----------------------------
- Hoy nos vemos a la tardecita, ¿no? - irrumpe Washington
por la radio
- Sí, a la tarde.
- ¿Y Pachorra por dónde anda?
- Debe estar durmiendo todavía el vago.
-----------------------------
- ¡¡Washington, quieto ahí!! - grita Milton mitad por el
intercomunicador y mitad por la ventanilla al ingresar a la Terminal.
- No te muevas, que tenés el mate y el termo en el techo
del coche.
Washington, que hacía un segundo que había arrancado,
frena de golpe y sale del auto con cara de uuhhh
y las manos sobre la cabeza. Con la frenada, el mate y el termo, que ya habían
empezado a inclinar su posición con destino al piso, recomponen la vertical y
se mantienen erguidos. Washington los agarra, y le grita a Milton:
- Ja, encima no es mío, se lo olvido el Steven.
- Ja, qué justo
que llegué a la Terminal ,
¿no me va´ a agradece´? - grita Milton con la cabeza por fuera de la ventanilla
mientras frena.
-----------------------------
- Que pasen bien - nos dice Milton para despedirnos luego
de dejar las valijas en el cordón.
No hay uruguayo que se precie de tal que no te despida
con un “que pases bien”.
Minutos después, desde el andén, se podía ver a Milton,
de pie al lado del taxi, con el termo bajo el brazo y el mate en la mano.
Fueron no más de dos sorbos y muy breves. Por la radio se escuchó:
- ¡¡Miiiiiiltoooon!! ¿Estás en la Terminal ? Andate a lo del
Coco Sánchez. Tenés que llevarlo hasta Punta del Diablo.
Milton guardo todo en el auto y partió.
LA MANO
No cerraba. Al querer girar la llave para asegurar la
puerta algo no lo permitía. No había forma para hacer que el pestillo ingresara
en el rectángulo que lo esperaba en el marco. No cerraba.
Entre las opciones posibles, poner como traba a esa mesa
que permanecía casi inútil parecía la mejor. Si bien no evitaría el ingreso de
quien intentase entrar, por lo menos se lo dificultaría y el ruido de la mesa
corriéndose despertaría a los bellos durmientes.
Los durmientes, minutos antes de serlos, se dieron el
beso de las buenas noches y alguna que otra cosita más. De pronto, en algún
momento de la noche profunda, un gran ruido como a mesa moviéndose lo despertó
a él. Sobresaltado abrió los ojos sin entender que sucedía en ese instante que
hace dudar si se trata de la realidad o de un sueño.
Segundos después, la oscuridad de la habitación
desapareció. Alguien había encendido la luz. Este dato inequívoco lo hizo mirar
hacia el frente. La mesa estaba corrida, la puerta entreabierta y una mano
tanteaba sobre la pared mientras el resto de su cuerpo aguardaba afuera. El
durmiente se levantó corriendo y se abalanzó sobre la puerta. Cuando la iba a
cerrar con violencia, justo como la situación lo ameritaba, observó los ojos
idos del dueño de la mano que estaban en la oscuridad del patio justo detrás de
la puerta.
- Buenas noches - empezaron a decir los ojos
- ¿Tendrá una cama libre? Hip - terminaron de decir
– No - dijo el durmiente descalzo y vistiendo un boxer
negro.
En un rápido movimiento cerró la puerta, volvió a
trabarla con la mesa y se quedó sentado en la punta de la cama mientras
intentaba tranquilizarse. Su mujer, dormida, le preguntó, balbuceante:
- ¿Qué pasó?
- Nada, nada seguí durmiendo.
Él se volvió a acostar. Sobre la pared blanca, al lado de
la puerta, quedaron marcados los dedos de esa mano nocturna.
TIGRE IGUAZÚ
Los bolsos ya
habían sido cargados. Solo restaba que los solitarios cuatro pasajeros
abordarán el micro para comenzar el largo viaje de diecisiete horas que los
dejaría en Buenos Aires. De pronto, cuando el chofer intentó abrir la puerta
para permitir el ascenso, esta golpeó contra el andén. Ante la imposibilidad de
lograr la apertura total, el segundo chofer que hacía las veces de auxiliar,
aunque no lo era, la cerró manualmente y subió. El ómnibus retrocedió, se
desplazo sutilmente hacia la izquierda y una vez que la distancia lo permitió
reabrió su puerta. En este segundo intento sí fue posible el abordaje y las dos
parejas ascendieron y se acomodaron en sus asientos sin sospechar que ese
pequeño incidente era solo el comienzo de un viaje distinto. No casualmente, en
ese mismo instante se precipitó sobre Puerto Iguazú una tormenta como hacía
meses no sucedía.
Con
el correr del tiempo y las sucesivas paradas el micro se fue poblando de mayor
cantidad de pasajeros. Quedaba claro, que las partes más destacadas del viaje
estaban reservadas para cuando todos los asientos se encontrasen ocupados. En
uno de esos asientos viajaba, inquieta, una pequeña de pelo oscuro acompañada
por su madre. La primera impresión que despertaba era de ternura. Claro que esta sensación coincidía con los
momentos en que el silencio acompañaba a su entretenimiento. Unas dos horas
después de haber ascendido, la niña comenzó un intermitente juego que nunca
pudo ser descifrado. Lo único perceptible del mismo fue la presencia de su molesto
sonido. Una música de videojuego irrumpía en medio de los intentos por dormir
del resto del pasaje provocando que la silenciosa ternura se convirtiese en un
audible odio.
Paralelamente, el viaje continuaba. Avanzaba
de localidad en localidad en una aparente normalidad. Cuando la noche rodeo al
ómnibus y la madrugada se hizo profunda, un leve sacudón sorprendió y despertó
a los viajantes. Las causas del mismo nunca se conocieron, pero se sumó a la
lista de incidentes ya no tan aislados que se encadenaban. Horas más tarde,
ante el intento de levantarse del muchacho de la butaca diecinueve, el acrílico
que cubría a los tubos de iluminación cedió y cayó sobre los asientos. Algunos
pasajeros quisieron reubicarlo pero les fue imposible. Se necesitaba de la
prestancia del segundo chofer para poder colocarlo en su lugar.
El chofer, que no era auxiliar, primero
sirvió una gaseosa a media tarde, y luego, como para reconfirmar que era solo
un conductor, entregó las bandejas con la cena por la noche. Luego de la
comida, por quinta vez, la madre llevó de la mano a la pequeña del sonido
insufrible hacia el baño mientras el otro chofer proseguía con el andar rumbo a
la Capital.
El amanecer provocó que la mayoría despierte
del sueño en que estaba inmerso. Poco tiempo después, el ómnibus comenzó a
desacelerar hasta el punto de levantar las ciertas sospechas de que algo andaba
mal. Efectivamente, la velocidad continúo bajando hasta extinguirse. El par de
conductores descendió, y luego de hacerse de algunas herramientas, comenzaron
el intento de ajustar las ruedas. Sus gestos mostraban el esfuerzo que
implicaba pero también la falta de resultados que otorgaba. Minutos después,
ante la mirada pegada a las ventanas de algunos, subieron y arrancaron. Al
parecer todo volvía a la normalidad.
Poco tiempo después del aparente arreglo, la
velocidad volvió a bajar y con ella los chóferes. La imagen de mecánicos que no
eran se repitió y retornaron a sus puestos. Esta vez no para continuar el viaje
sino para desviar el micro hacia una estación de servicio con gomería para que
algún entendido solucione el problema que los aquejaba. La parada coincidió con
la hora del desayuno. Muchos aprovecharon para hacerlo mientras otros esperaban
con ansiedad retomar el viaje. Unos cuarenta y cinco minutos después, el micro
reapareció en escena, todos subieron y volvió a la ruta. Nada hacía suponer lo
que vendría.
Cuando se comenzaba a visualizar en el camino
el puente Zarate Brazo largo, el conductor decidió detenerse. Algunos creyeron
que se trataba de una oportunidad brindada para fotografiar el puente y otros
que se trataba de un nuevo problema mecánico. Ambos se equivocaron, aunque los
segundos se acercaron más a la verdad de la situación. Efectivamente era un
problema. Pero no era técnico, era humano: el ómnibus se había quedado sin
combustible. Se lo presentó como una responsabilidad del pobre vehículo. “Se
quedó sin nafta” dijo, convencido, el chofer más experimentado. Se comunicó con
la empresa y solicitó que le envíen el combustible necesario para seguir viaje.
Paralelamente, el que no era auxiliar, revisaba el motor y aducía que el mismo
podía tener algún inconveniente que debía revisar el mecánico que ya se
encontraba en camino. Entretanto, los pasajeros, atónitos, bajaron y se dispusieron
a esperar la solución sobre el césped a un lado del camino. A su vez, el
“experimentado” era interpelado sobre su responsabilidad. Entre mate y mate
explicaba que solo era responsable del volante y no de la mecánica y el
combustible. Que la empresa no le quiso cargar la nafta cuando el lo solicitó
en la parada de Posadas y que cualquier
queja se haga luego en la boletería. El problema, a esa altura, era justamente
como y en que momento se llegaría hasta ella.
Una hora y media después de la inexplicable
detención llegó la camioneta y con ella el movimiento. El micro cruzó el puente
y el dúo de conductores puso un dvd con la película “Spanglish” para entretener
al pasaje. Como para no ser menos, la película se detenía permanentemente. En
los momentos en que retomaba su curso, el que no era auxiliar aprovechaba para
tapar el monitor con su cabeza y sino era la preciosa nena la que interrumpía
con sus melodías.
Cuando corría la hora veintidós de viaje y la
paciencia ya había expirado, se divisó a la Estación Retiro en el horizonte. La
sensación del fin de la pesadilla se apoderó de todos. Minutos después, todos
también lograron apoderarse de sus pertenencias y así pudieron escapar hacia
sus destinos finales. El viaje sin fin había concluido, aunque algunos todavía
mantienen la sensación de permanecer en él.
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