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SANTA CRUZ DE LA SIERRA

El centro de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra nos sorprende con tres rasgos principales. En primer lugar los autos no frenan en las esquinas. Se torean. Se van probando para ver quien pasa y quien deja pasar. Pero no frenan. Tampoco se insultan o se enojan por esa actitud del otro. Funciona así. En segunda instancia, el olor a fritura lo invade todo. Caminar por cualquiera de sus calles sabe a pollo frito. Por último, los taxistas te ven turista y te tocan la bocina, aminoran la marcha, se te ponen al lado y te miran. Un no gracias o un simple cruce de miradas silenciosas son suficientes para que el taxista acelere y te permita seguir siendo peatón.

Ante el exceso de oferta de pollo frito esa noche no cenamos. Nuestro hotel, extremadamente económico, estaba en el primer anillo de una ciudad que se organiza en circunvalaciones que van marcando zonas, barrios y sentidos. Nuestro paso por Santa Cruz era mínimo. Era la forma de arrancar el viaje sobre el nivel del mar para ir subiendo de a poco e irnos cruzando con la Bolivia profunda de a poco. Pero esas 24hs. en pleno centro de Santa Cruz nos sirvió para empezar a observar los contrastes. En la Plaza principal encontramos una carpa con las fotografías de presos y perseguidos políticos. Así los denominan muchos santacruceños que los creen víctimas del poder del gobierno de Evo Morales. Para los oficialistas y gran parte de la población del resto del país se trata de simples golpistas y asesinos. En la Plaza principal de la rica Santa Cruz de la Sierra el mensaje es claro: Autonomía. 

CHAMUYO PETROLERO EN VIRU VIRU

Llegamos a Viru Viru, aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra. Las valijas, mochilas y demás bultos giraban en la cinta transportadora. Nunca entenderé por qué se sigue utilizando este método de sálvese quien pueda. Cada valija tiene un número, cada pasajero guarda su duplicado, pero en lugar de intercambiar ticket por bulto en un mostrador, todas las valijas y mochilas van a esa ruleta rusa de colores, formas y tamaños donde por lo general no menos de tres o cuatro pasajeros se desencuentran con sus pertenencias. Hecho que, obviamente, sucedió. Fueron cuatro las personas que se quedaron con sus equipajes a la deriva. Cosas que pasan.

Luego de 10 minutos de espera aparecieron nuestras dos mochilas grandes y las dos de mano. Resolvimos rápidamente el trámite de migraciones. Mi esposa presentó pasaporte, yo presenté DNI. A continuación nos encontramos con la extensa fila del control de Aduana. La minuciosidad con que revisaban a la mayoría de los bultos alentaba el ritmo. La cola, que daba varias vueltas, incluía a una señora que llevaba una especie de ensalada de zanahoria en su cabeza a modo de cabellera. Era un punto de referencia indiscutible para entender cuánto faltaba. Detrás de nosotros un señor de saco sport claro, pelada incipiente y algo de canas intentaba entablar diálogo con una mujer catalana de no más de 35 años:

-         ¿Conocés? – rompió el hielo él.
-         No, la primera vez que vengo – contestó ella.
-         Yo vengo desde los años ochenta. Trabajo en petróleo -  Le dijo y endureció su rictus realizando un incómodo estiramiento de mandíbula y cuello. Ese claro gesto que va acompañado de un ajuste precoz del nudo de la corbata. Ese gesto de “garca” que inmortalizó Luis Brandoni con su personaje en Esperando la Carroza. En este caso, al movimiento solo le faltó la corbata. Vestía sport.

La charla giró en torno a la topografía boliviana, la altura sobre el nivel del mar y su planicie hasta que en un momento la catalana, como para acotar algo entre tanto monólogo, preguntó:

-         ¿Me dijo que trabaja en petróleo?
-         Sí, en una empresa que cubre desde México hasta Ushuaia.
-         Ah - acotó la chica.

Luego de unos minutos de silencio dedicados a observar como avanzaba la fila, el petrolero comenzó a hablarle, sabedor, de las avivadas de la gente del aeropuerto. Al parecer, según sus dichos, algunos por poca plata hacían aparecer a tiempo los papeles que necesitabas para culminar cierto trámite. Rápidamente ese comentario que parecía acotado al aeropuerto se extendió como descripción a toda la sociedad. No solo a la boliviana sino a la de todos “estos países latinoamericanos”. La catalana comenzaba a mostrar gestos de incomodidad.
Un petrolero argentino hablando con una mujer española, enseguida surgió el tema de Repsol - YPF. Era fija. Al tipo le parecía mal el fondo y la forma de la decisión del gobierno argentino. A ella, que además de española era (recordemos) catalana, le parecía mal la forma. Pero no decía nada sobre el fondo. Él aseguraba que lo que dice el kirchnerismo no es así. Que él lo sabe porque trabajó durante siete años en Repsol. La mujer reiteró que los modos no fueron los mejores pero que en España muchos estaban de acuerdo porque Repsol no es España. El petrolero chamuyero hablaba, indignado, de la vergüenza internacional que significaba el hecho mientras la catalana le explicaba que políticamente Argentina aprovechó la debilidad de España a causa de la crisis para recuperar la empresa. Que no hizo más que devolverle el favor ya que Repsol en los años noventa se había quedado con YPF sacando provecho de la crisis por la que pasaba la Argentina. El petrolero dijo que sí, que puede ser, pero que Repsol en su momento pagó por la empresa. Que él lo sabe porque en ese momento trabajaba en la primera empresa que Repsol compró en el país. A duras penas atinó a reconocer que por la crisis económica el precio de YPF en los años noventa era muy bajo y Repsol “aprovechó” esa circunstancia para adquirir parte de YPF por mucho menos de lo que valía. Pero, claro, fue según las reglas de mercado. Ante tanta palabra, la catalana se apuró en contestar que no se trató simplemente de “reglas de mercado” sino que hubo contextos y decisiones políticas que propiciaron esa situación.
La cosa se empezaba a tensar. No porque debatían a partir de posiciones disímiles sino porque esas posiciones disímiles le complicaban profundamente al tipo sus intenciones de conquista aeroportuaria. A fuerza de currículum, el petrolero insistía con que en el año 89 también había trabajado en otra empresa del rubro. Que en el 91 ya había estado en Bolivia por un tema referido a la producción de gas.
La fila avanzaba cada vez más lento. Una pareja traía un carro con no menos de 15 valijas enormes. Los oficiales de aduana abrieron sus ojos de par en par. Comenzaron a revisar bulto por bulto. Mientras tanto al petrolero chamuyero se le empezaban a mezclar las fechas. La cosa se estaba desmadrando. O había trabajado en varias empresas al mismo tiempo o en su afán de galán gasolero su guión comenzaba a perder coherencia. A esta altura la catalana ya estaba más pendiente de ese otro, su novio, que venía a recibirla que de este que, si bien ponía toda su energía, no podía.
Él insistía con el tema del gas. Le explicaba que es una de las mayores riquezas de Bolivia. Que como consumen muy poco exportan la gran mayoría hacia la Argentina y Brasil. La mujer, aportando nuevamente una mirada un poco más amplia que la de la página número ocho de un diario económico, le planteó la locura que significaba que el país sea tan rico en recursos y su población tan pobre. Ahí el hombre adujo que Bolivia era pobre por culpa de Evo, Chávez, Correa y todos los bolivarianos. En su verborragia al petrolero se le olvidaron como unos quinientos años de historia. La catalana se los hizo recordar.
Ya como último intento, el tipo le comentó que estaba tramitando la ciudadanía española por parte de padre. Pero que no sabía si se la iban a otorgar.

-         ¿Por qué? - le consultó la mujer.
-         Y, por el tema de YPF. Por la expropiación.

Para José Fuel Oil el motivo no era que España luego de años de haber flexibilizado la entrada de inmigrantes porque le hacían falta, ahora, en plena recesión, había endurecido sus políticas sino que la duda era por la expropiación de Repsol. El hombre era petrolero hasta para tomar la sopa. A esta altura, la catalana ya lo padecía.

Entre tanto, a mi esposa le pareció que todos esos que estaban delante se habían colado.

-         ¿Te parece? Acordate de la de cabeza de zanahoria.
-         Ah, tenés razón. Pero esta morocha de acá seguro que se coló.

Giro la cabeza y la veo. Era la misma morocha de Ezeiza. Se metió de prepo y con disimulo en la fila del mismo modo que lo hizo al momento de embarcar. Según lo que pudimos averiguar, ya había hecho lo mismo en los aeropuertos de París y Madrid. Ahora, por fin, volvía a su hogar.

La cola avanzó. Nos realizaron algunas preguntas de rutina y nos retiramos. La catalana se fue con su novio que la esperaba afuera. El petrolero, valija en mano, se la quedó mirando mientras con su rictus endurecido volvió a estirar la mandíbula y el cuello. Como no tenía corbata no se acomodó el nudo y salió. Se quedó esperando la carroza.

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PARTIR

Todavía no guardaste los guantes en la mochila cuando el sonido madrugador del timbre te sobresalta.

-          Ya llegó - nos decimos. Eran las 06:30 de la mañana.

Como de costumbre, la información varía según el medio que uno consulte. Para Aerolíneas Argentinas el vuelo de las 09:25 se había reprogramado para las 10:30hs. Por lo menos eso hacía suponer el correo electrónico que informaba del cambio y el chek in web: 10:30. Mientras tanto, para el sitio web del aeropuerto ese avión mantenía su horario de partida original de las 09:25.

-         Vayamos con tiempo – propuse.  - Además, puede surgir algún imprevisto – Insistí.


El imprevisto que siempre puede surgir

El taxi atravesaba la noche del barrio de Almagro y se dirigía hacia Av. Rivadavia cuando el imprevisto hizo su calculada aparición.
Mi esposa abrió con premura el bolsillo posterior de su mochila de mano. Sacó su celular y luego una especie de agendita con pinta de pasaporte.

-         ¡El pasaporte! – gritó. - ¡El pasaporte! – volvió a gritar. – Volvamos. Me equivoqué. Traje la libreta universitaria.
-         Volvamos – le dijimos al taxista que observaba el diálogo por el espejito retrovisor.

Estábamos solo a diez cuadras, nada grave. Con tiempo suficiente. El imprevisto que siempre sucede.

Ya con la libreta de la Universidad de Buenos Aires en la mesita de luz y el pasaporte en el bolsillo posterior de la mochila de mano, subimos a la autopista. Todavía no amanecía y las cuatro horas de sueño se hacían sentir.
En un intento por retomar el diálogo que había presenciado minutos antes, el taxista acotaba cosas como:

-         Bueno, peor si te dabas cuenta arriba de la autopista o ya en Ezeiza, ja. Ahí si que no se qué hacían. Ja.
-         No, le digo, peor que te lo diga el de Migraciones.


Universidad de Buenos Aires anuncia su vuelo a…

La espera en Ezeiza se hizo larga. Lo que originalmente estaba pautado para las 9:25 que luego se había postergado para las 10:30, finalmente sucedió a las 11:20. El aviso de “demorado” se presentaba a cada instante. Hasta que llamaron a embarcar.
Primero solicitaron que se acercasen los pasajeros de clase ejecutiva. Luego, recién luego, que avancen las mujeres con niños y aquellas personas con necesidades de asistencia. Es decir, primero los “Very Important Pasajeros” y luego, recién luego, las mujeres, los niños y los discapacitados.
Solicitan que formen fila del 10 al 28. La fila se forma y una morocha enrulada empieza a hacerse la distraída hasta que logra colarse. Quedó justo detrás de nosotros.
Ya arriba del avión, cuando todavía no terminás de sentarte, comenzás a observar pequeñas dosis de los contrastes culturales hacia los que nos dirigíamos. Una señora boliviana vestida con ropas típicas quería a toda costa sentarse del lado de la ventanilla pero, detalle, había comprado el pasaje del medio. Se apoltronó en el asiento que no le correspondía y no quería cederlo por nada del mundo. El primer intento del pasajero que reclamaba pasaje en mano ese lugar no dio resultado. El del azafato tampoco. La comisaria de abordo, más rígida en su gesto que el novel azafato, tampoco podía. Llegó a insinuarle al pasajero ventanilla sino le molestaba ir al medio. El pasajero, francés, se molestó. Finalmente, ante la discusión que crecía y la partida que se demoraba, una señora, oriunda de Santa Cruz de la Sierra, de la occidental Santa Cruz de La Sierra, permutó pasillo por ventanilla con la señora nacida en la Ciudad de La Paz.

Todos listos para volar. 

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COLÓN Y SU NOCHE LOCA

En la caminata del post mediodía casi que no habíamos cruzado seres vivientes más allá de unos cuantos perros. En esta caminata nocturna la ciudad era otra cosa. Decenas y decenas de peatones en plan de ir a cenar, a comprar, a caminar. Decenas y decenas de autos y cuatrosxcuatros transitando por la 12 de abril, por Urquiza, por San Martín. No enloquecedores miles de vehículos. No. Simplemente algunas decenas.
La noche nos invitó a pasar por Heladería Italia. No se puede pasar por una ciudad, por un pueblo, el que sea, sin degustar el helado local. Es un rito, una obligación, un placer.
El cartel luminoso del local mostraba la foto de dos nenas disfrutando de su capelina de tres bochas: frutilla, vainilla y chocolate. Sonreían. Una con sus dientes muy separados y la otra con los ojos entrecerrados. Buzo rojo para una, rosa para la otra. Era una foto familiar de verdad utilizada como foto publicitaria. Nada de Photoshop ni modelos 906090 saboreando ninguna cuchara en pose sexy. No, la foto ochentosa, de quizás las propias hijas de los dueños, era la punta de lanza de la cálida sencillez del lugar. Si, porque la heladería tenía una cálida sencillez.
Nos sentamos en uno de los bancos de la vereda con la combinación de menta y limón en la mano. La noche de Colón empezó a pasar por delante nuestro como en una cinta transportadora de dos direcciones. La avenida principal. El paseo comercial. Una nena grita:

-¡¡Control, control!!

El corredor que venía a contramano por la avenida casi se pasa pero frenó ante la mesa. Transpirado, con su remera dry fit correspondiente, shorticito negro bien corto y zapatillas reglamentarias. Todo un runner. En la mesa, el padre de la nena le pide nombre de equipo y número. Se lo informa y sigue corriendo. El padre de la nena anota y marca algo en su celular. Treinta segundos después el que casi se pasa por no escuchar los gritos era un corredor disfrazado de payaso. Luego vinieron Batman con el guasón, que se robó un grisin de la mesa informal de control. Minutos después un hombre corría con su mujer atada a su espalda. Ella también corría. Pasaron un bañero con un salvavidas cruzado al pecho, una bruja con escoba, un corredor que hacía las veces de bebe. También otro que a la pregunta: ¿De qué equipo sos? Respondió: Soy de Corre Colón dejando constancia que no se tomaron el trabajo de contratar ni a Agulla ni a Bacetti para pensar los nombres.
Se trataba de una carrera nocturna por el centro de Colón con premios al mejor disfraz. Y los tipos corriendo por la calle, por la vereda, entre las mesas de los bares. Y el puesto de control que era un padre y su hija sentados en una mesa comiendo una picada con gaseosa para ella y con cerveza bien fría para él. Sin señalización, la única referencia para los corredores era el grito de la nena. Cuando la veían agitar sus brazos, muchos la saludaban y seguían corriendo suponiendo que se trataba de una fan al paso. Pero no. Metros después entendían el gesto y el grito de control, control y volvían. Niñá indicial, niña señal.

Todavía quedaba helado, solamente menta, ya nada de limón, cuando a lo lejos se oyó una voz: era un guitarrista a la par de una camioneta con altoparlantes a los que estaba conectado el micrófono que un asistente le mantenía firme para que se escuche su canto.
El pastor iba más adelante. Con otro micrófono alentaba a los fieles que iban de a decenas por detrás de la camioneta y del pesebremóvil. La procesión va por la 12 de abril. Y el pastor, en pleno agite pre navideño, anunciaba que el mesías había llegado a Colón. Y en eso estábamos cuando volvió a pasar Batman con el guasón de coequiper por delante de la mesa de control, control, control, controooool…

EL ALMACENERO DE COLÓN

El almacenero le dice ''La Capi''. ¿Son de La Capi? ¿De qué parte de La Capi? ¿Cuándo se vuelven a La Capi? ¿Mucho quilombo en La Capi?

Nosotros nos preguntábamos: ¿Por qué le dice La Capi a La Capi? ¿Para qué?

Un almacenero polirubro muy atento con sus clientes y con bastante picazón. Se rasca la nuca con nuestras futuras zanahorias en la mano. Las pesa y las deja. Ahora se vuelve a rascar pero en sus manos estaban las bananas. Las pesa y las deja.
Un bidón de agua, zanahorias, bananas, tomates, unas DRF y las tostadas. Son  $42 con 50. Le pagamos con uno de 100. Saca la plata de la caja y empieza a contar nuestro vuelto. También empieza a escupirlo, sutilmente, para poder contarlo. Y nos lo da. Y nos vamos. Pero antes de irnos nos deja un papel anotado a mano con los datos de los bungalows que tiene en alquiler.

-Para cuando vengan de vuelta de La Capi. Son ahí enfrente. Completitos, con aire y bien limpitos.
-Chau, gracias
-Chau

Cruzamos. El almacenero había quedado sentado en su reposera frente a la puerta del local. Con su musculosa gris que dejaba ver brazos con rizos definidos. Mismo tipo de brazos y de rizos que se pudieron observar de a decenas en el recital que días antes había dado Madonna en una tal “La Capi”. (LINK)

COLÓN, ENTRE RÍOS

LLEGADA
Llegamos a la Estación. Amagamos con ir caminando hasta el bungalow pero un vecino atento al que le consultamos si era para allá o para acá nos dijo miren que son como 15 cuadras largas. Tómense un remís. Pero ese no. Les saca la cabeza. Vayan a ese.
Fuimos y de inmediato partimos. Era verdad. El calor y la distancia eran motivo suficiente para no ir a pie.
Desde el auto pudimos observar esa marca indeleble de los años dos mil en los pueblos del interior del país: dos chicas en ciclomotor. Como en Lobos, en Chascomús, en San Pedro.
Llegamos. Nos recibe la dueña del complejo. Nos saluda, nos dice que es de Quilmes, que Colón es un lugar muy tranquilo donde no existe el stress. Vuelvan sin problema a las tres o cuatro de la madrugada. No hay peligro. Todo es muy tranquilo.

No hay stress

PELEA en la 12 de abril

Dos utilitarias. Avanzando una detrás de la otra. Por la transversal, una camioneta de la policía. El que iba adelante frena y sacando los brazos por la ventana le grita a la policía:

- ¡¡Detengan al de atrás!! Está loco, me viene siguiendo, gritando y tocando con la camioneta.

Gritaba en el mejor estilo ''mírelo eh!, mírelo eh!, de Ñoño en pleno centro de Colón.

La camioneta de la policía frena y bajan dos oficiales. Mientras, el chofer que era objeto de las acusaciones lo encara al de adelante:

- Qué te pasa, estás loco, me tocaste. Mirá como me dejaste la camioneta.

- Pero si yo no te toqué - retrucaba tanteando la distancia y con las manos hacia atrás.

- Qué no, boludo. ¿Quién te dio el registro? ¡¡Pelotudo!!

De rulitos y remera verde, el conductor de la utilitaria de atrás seguía gritando totalmente sacado. Su primer golpe estaba a punto de hervor. El policía observaba la escena a tan solo cincuenta centímetros. El bajito, semipelado, con anteojos y musculosa naranja de la camioneta de adelante, se mantenía en un calculado gesto de “yo no fui” al mismo tiempo que inclinaba su cuello hacia adelante como buscando, como yendo a encontrar, ese primer golpe que Rulitos estaba a punto de dar.
Y Rulitos lo dio. Quedó a medio camino entre piña y agarre de cuello, pero el golpe existió. El de naranja empezó a ñoñar nuevamente:

- Vio oficial, me agredió.

Rulitos se sacó aún más y lo fue a buscar con todas las ganas. Recién a esa altura la policía actuó. Uno frenó a Rulitos, el otro separó al semipelado. Rulitos estaba como loco y ya empezaba a complicar del todo su noche. Se resistía al oficial, lo empujaba. Volvía a gritar.

-¡¡Pero boludo, mira como me abollaste la camioneta!! ¡¡Pelotudo!!

El de naranja se mantenía con las manos en alto y ese gesto de inocente sobreactuado. Dejó al personaje del Chavo para pasar a un más logrado Guillermo Barros Schelotto de superclásico mirando al árbitro.

La gente se empezó a amontonar en las cuatro esquinas para seguir los vaivenes de la discusión. Por el medio de los espectadores apareció saltando en una pierna un muchacho de remera blanca a rayas horizontales azules. Superó a la muchedumbre y desde atrás lo fue a encarar al semipelado. Cuando el contacto era inminente el policía se cruzó y lo detuvo. El golpe se quedó en potencial cediendo su lugar a una puteada muy bien materializada:

-¡¡Hijo de rrrrrrrre mil putas, la puta madrrrrre que te rrrrrrrre parió!!

Mientras Enunapata seguía insultando, ante la sorpresa de todos los presentes, Rulitos le gritó:

- Vos quedate en la camioneta.

Luego de treinta segundos de negación, Enunapata se volvió a la utilitaria gris saltando sobre la pierna que le quedaba sana. La otra, la izquierda, mostraba un tobillo hinchado que nada podía envidiarle a aquel del Diego del mundial 90.

Dejamos nuestro papel de espectadores de la pelea que ya no era. Había mutado en un trámite administrativo de firmas y seguros. En ese momento entendés por qué una pelea de boxeo tiene más espectadores que una partida de ajedrez. Y también notas que fue una excepción a la regla. En Colón, salvo ese pequeño incidente, reina la tranquilidad. En las grandes urbes, todos intentamos escapar de las sofisticaciones y complejidades en busca de cierta paz. En Colón nadie necesita escapar de la sofisticación estresante. Nunca se fueron de su sencillez como para tener esa necesidad de volver. Pareciera que tienen aprendida (y aprehendida), esa lección de entrada: el final es en donde partí.


La Costanera
Colón tiene un complejo termal. Está ubicado en la punta de la costanera. Costanera que, para nosotros, empezaba en la otra punta. Primero, más cercano, se situaba el río al pie de las escalinatas que te llevan al Parque Quirós. Luego playas municipales de uso público y gratuito. Más allá, más playas dentro de un club llamado Piedras Coloradas. $10 la entrada. Ese club tenía un cartel de prohibido jugar al fútbol con sus patas sumergidas en medio del agua. Lo había visto el día anterior pero con la cámara de fotos abandonada en el bungalow. Aproveché la caminata para volver un segundo y tomar esa imagen. Fui llegando y noté que la crecida del río era mayor. Y no encontraba el cartel. Hasta que más o menos me ubiqué en el espacio y me dije es ahí. Solamente se leía “prohibido”. La foto ya no podía ser. El cartel se había perdido.
Unas cuadras más y la playa se convirtió en una costanera con baranda de balaustros clásicos de costaneras con barandas. Ya llegando al punto equidistante entre una punta y la otra encontramos el puerto. Y un embarcadero de pequeñas lanchas y veleros. Y la vieja estación fluvial que hace las veces de oficina de información turística. Y más costanera con balaustros. Avanzás. Un lugar que se llama El sótano de los Quesos. Bajamos. Para cuando subimos, el sótano quedó con una cerveza y dos provoletas menos. Seguís caminando. Siempre el río a tu lado. A veces más cerca, a veces más alejado. Más playas. Sin arena como las anteriores pero de un verde parejo. Con mucha más gente. Y muchos, muchísimos perros. Pasás las playas y ves el final. Ves como Colón empieza a dejar de ser. ¿Y las termas? Entonces preguntás.

Las termas

Te indican que tenés que subir por aquella calle. Y a dos cuadras doblar a la derecha. Y caminar una cuadra más. Ahí pagás los $50 e ingresás. Las piletas rondan los 30º. La caminata de una hora bajo el sol y el calor penetrante del día las hacen sentir como de 10º.
Tres cosas debés hacer: sumergirte, dejar que los chorros de las duchas superiores te den en la espalda y relajar. Cada tanto cambiar de pileta para probar las variantes, mínimas, de temperaturas y la potencias, máximas, de los duchadores.
A los chorros leves los llaman no invasivos. A los fuertes, si, invasivos. Lo son pero luego de unos minutos tus hombros se acostumbran. Los dejan pasar.

En las afueras de Colón, a tan solo 10 minutos (porque las distancias se miden en unidad de tiempo) se ubican otras termas. Las de San José. Si estás con suerte y sin auto te lleva un remisero de Córdoba y Gascón, de La Capi, que se vino a vivir hace 6 meses a Colón. Su hija, su yerno y sus nietos hace dos. Nos recomienda que nos volvamos antes de las 18hs. Minutos después nos da su tarjetita con el número de móvil. Y nos dice que hoy trabaja hasta las 18.
El complejo es similar al de Colón. Las aguas quizás un poco más cálidas. Pero la gran diferencia son los toboganes. El divertimento de todos durante la tarde.

PARTIR
Un perro que busca complicidad en una perra. Se huelen, se miden. La perra no acepta la invitación y se va. El perro, triste, te mira con rostro perdedor. Y no se va. Se queda, se rasca, se sienta. Es la terminal de micros de Colón un 25 de diciembre por la tarde. El kiosko y el bar cerrados. Las boleterías abiertas. Un Flechabus que llega y se va. El Rápido Tata que está por llegar. En la estación seremos no más de 25 a 30 entre pasajeros, familiares y bolsos. Uno al que todavía le dura el brindis del 24 intenta chamuyar a una rubia en busca de otra noche buena. Pero la rubia solo atina a sonreírle y mirar su celular. Le sonríe y mira su celular. Hasta que llega el Tata. Y cargamos los bolsos, las bolsas y la terminal queda casi vacía.


TIBURÓN

Cabo Polonio, media tarde y estás llegando a la playa. Muchas familias, pibes con tablas de surf, niños con baldes haciendo formas en la arena, mucha gente en el agua. De golpe una familia tipo completa comienza a señalarse mutuamente algo allá lejos en el agua. Mucho más al costado, una pareja de novios también mira hacia allí. A menos de treinta metros de la orilla podía observarse como aparecía y se escondía la aleta dorsal de un tiburón. Los dedos índices comenzaron en forma generalizada a cumplir su función. Todos en el agua marcaban lo mismo y desde la arena comenzaban a imitarlos. Muchos miraban, otros corrían en busca de sus cámaras y unos pocos, no más de tres, se acercaban lentamente hacia el escualo. Nadie salía del agua. Por un momento pareció acercarse un poco más, a unos 20 metros quizás. Casi todos los mayores de 25 años ya habían repasado la imágenes de Tiburón I, II y III (salvo el pibe de la cama inflable que no había visto la última). La aleta dorsal comenzó a aparecer cada vez más lejos. La calma ganó el agua y nuevamente cada cual a su rutina. Los flacos fibrosos a hacer pinta, las colas del gym a salirse del cuerpo de ese par de chicas, los pibes con el abuelo a jugar al tejo, las dos nenas a la pelota paleta.
Segundos después, desde el agua una nena rubia pegó un grito que cortó el aire a cuchillo. Por un segundo chau rutinas, todas las miradas allí. Pero no fue nada. Pobre, había pisado imprevistamente un caracol.

MILTON TAXISTA

La Paloma, Uruguay. 08:20 de la mañana.

Milton, alpargatas blancas, pantalón de campo tipo babucha, camisa celeste fuera del pantalón y último botón desabrochado. El pelo ensortijado, peinado por esa almohada q abandonó hace dos horas.

- ¿La yerba en Uruguay es siempre sin palo? - preguntó la psajera porteña acostumbrada a la con palo.

Milton hizo un breve silencio que pareció una eternidad.

- Esteeeee...
- Sí ya sé, me vas a decir que la yerba de verdad es sin palo.
- Lo que pasa es que el uruguayo q toma mate, el uruguayo, lo toma sin palo. Aquí es una religión tomar mate.
- En cualquier momento del día, ¿no?
- Sí, qué sé yo, tomo a la mañana. De hecho acá abajo lo tengo listo (señala debajo del asiento).

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- Buen día Milton - le dicen por el intercomunicador.
- Buen día Nelson - contesta Milton - volví del viaje a La Pedrera, estoy yendo a la terminal con pasajeros – agrega.
- Cuchame che, ¿lo del Diego era por la Mercurio?
- Sí, Mercurio entre Júpiter y Neptuno.

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- Hoy nos vemos a la tardecita, ¿no? - irrumpe Washington por la radio
- Sí, a la tarde.
- ¿Y Pachorra por dónde anda?
- Debe estar durmiendo todavía el vago.

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- ¡¡Washington, quieto ahí!! - grita Milton mitad por el intercomunicador y mitad por la ventanilla al ingresar a la Terminal.

- No te muevas, que tenés el mate y el termo en el techo del coche.

Washington, que hacía un segundo que había arrancado, frena de golpe y sale del auto con cara de uuhhh y las manos sobre la cabeza. Con la frenada, el mate y el termo, que ya habían empezado a inclinar su posición con destino al piso, recomponen la vertical y se mantienen erguidos. Washington los agarra, y le grita a Milton:

- Ja, encima no es mío, se lo olvido el Steven.
- Ja, qué  justo que llegué a la Terminal, ¿no me va´ a agradece´? - grita Milton con la cabeza por fuera de la ventanilla mientras frena.

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- Que pasen bien - nos dice Milton para despedirnos luego de dejar las valijas en el cordón.
No hay uruguayo que se precie de tal que no te despida con un “que pases bien”.

Minutos después, desde el andén, se podía ver a Milton, de pie al lado del taxi, con el termo bajo el brazo y el mate en la mano. Fueron no más de dos sorbos y muy breves. Por la radio se escuchó:

- ¡¡Miiiiiiltoooon!! ¿Estás en la Terminal? Andate a lo del Coco Sánchez. Tenés que llevarlo hasta Punta del Diablo.

Milton guardo todo en el auto y partió.


LA MANO

No cerraba. Al querer girar la llave para asegurar la puerta algo no lo permitía. No había forma para hacer que el pestillo ingresara en el rectángulo que lo esperaba en el marco. No cerraba.
Entre las opciones posibles, poner como traba a esa mesa que permanecía casi inútil parecía la mejor. Si bien no evitaría el ingreso de quien intentase entrar, por lo menos se lo dificultaría y el ruido de la mesa corriéndose despertaría a los bellos durmientes.
Los durmientes, minutos antes de serlos, se dieron el beso de las buenas noches y alguna que otra cosita más. De pronto, en algún momento de la noche profunda, un gran ruido como a mesa moviéndose lo despertó a él. Sobresaltado abrió los ojos sin entender que sucedía en ese instante que hace dudar si se trata de la realidad o de un sueño.
Segundos después, la oscuridad de la habitación desapareció. Alguien había encendido la luz. Este dato inequívoco lo hizo mirar hacia el frente. La mesa estaba corrida, la puerta entreabierta y una mano tanteaba sobre la pared mientras el resto de su cuerpo aguardaba afuera. El durmiente se levantó corriendo y se abalanzó sobre la puerta. Cuando la iba a cerrar con violencia, justo como la situación lo ameritaba, observó los ojos idos del dueño de la mano que estaban en la oscuridad del patio justo detrás de la puerta.

- Buenas noches - empezaron a decir los ojos
- ¿Tendrá una cama libre? Hip - terminaron de decir
– No - dijo el durmiente descalzo y vistiendo un boxer negro.

En un rápido movimiento cerró la puerta, volvió a trabarla con la mesa y se quedó sentado en la punta de la cama mientras intentaba tranquilizarse. Su mujer, dormida, le preguntó, balbuceante:
- ¿Qué pasó?
- Nada, nada seguí durmiendo.
Él se volvió a acostar. Sobre la pared blanca, al lado de la puerta, quedaron marcados los dedos de esa mano nocturna.

TIGRE IGUAZÚ

Los bolsos ya habían sido cargados. Solo restaba que los solitarios cuatro pasajeros abordarán el micro para comenzar el largo viaje de diecisiete horas que los dejaría en Buenos Aires. De pronto, cuando el chofer intentó abrir la puerta para permitir el ascenso, esta golpeó contra el andén. Ante la imposibilidad de lograr la apertura total, el segundo chofer que hacía las veces de auxiliar, aunque no lo era, la cerró manualmente y subió. El ómnibus retrocedió, se desplazo sutilmente hacia la izquierda y una vez que la distancia lo permitió reabrió su puerta. En este segundo intento sí fue posible el abordaje y las dos parejas ascendieron y se acomodaron en sus asientos sin sospechar que ese pequeño incidente era solo el comienzo de un viaje distinto. No casualmente, en ese mismo instante se precipitó sobre Puerto Iguazú una tormenta como hacía meses no sucedía.
Con el correr del tiempo y las sucesivas paradas el micro se fue poblando de mayor cantidad de pasajeros. Quedaba claro, que las partes más destacadas del viaje estaban reservadas para cuando todos los asientos se encontrasen ocupados. En uno de esos asientos viajaba, inquieta, una pequeña de pelo oscuro acompañada por su madre. La primera impresión que despertaba era de ternura.  Claro que esta sensación coincidía con los momentos en que el silencio acompañaba a su entretenimiento. Unas dos horas después de haber ascendido, la niña comenzó un intermitente juego que nunca pudo ser descifrado. Lo único perceptible del mismo fue la presencia de su molesto sonido. Una música de videojuego irrumpía en medio de los intentos por dormir del resto del pasaje provocando que la silenciosa ternura se convirtiese en un audible odio.
Paralelamente, el viaje continuaba. Avanzaba de localidad en localidad en una aparente normalidad. Cuando la noche rodeo al ómnibus y la madrugada se hizo profunda, un leve sacudón sorprendió y despertó a los viajantes. Las causas del mismo nunca se conocieron, pero se sumó a la lista de incidentes ya no tan aislados que se encadenaban. Horas más tarde, ante el intento de levantarse del muchacho de la butaca diecinueve, el acrílico que cubría a los tubos de iluminación cedió y cayó sobre los asientos. Algunos pasajeros quisieron reubicarlo pero les fue imposible. Se necesitaba de la prestancia del segundo chofer para poder colocarlo en su lugar.
El chofer, que no era auxiliar, primero sirvió una gaseosa a media tarde, y luego, como para reconfirmar que era solo un conductor, entregó las bandejas con la cena por la noche. Luego de la comida, por quinta vez, la madre llevó de la mano a la pequeña del sonido insufrible hacia el baño mientras el otro chofer proseguía con el andar rumbo a la Capital.
El amanecer provocó que la mayoría despierte del sueño en que estaba inmerso. Poco tiempo después, el ómnibus comenzó a desacelerar hasta el punto de levantar las ciertas sospechas de que algo andaba mal. Efectivamente, la velocidad continúo bajando hasta extinguirse. El par de conductores descendió, y luego de hacerse de algunas herramientas, comenzaron el intento de ajustar las ruedas. Sus gestos mostraban el esfuerzo que implicaba pero también la falta de resultados que otorgaba. Minutos después, ante la mirada pegada a las ventanas de algunos, subieron y arrancaron. Al parecer todo volvía a la normalidad. 
Poco tiempo después del aparente arreglo, la velocidad volvió a bajar y con ella los chóferes. La imagen de mecánicos que no eran se repitió y retornaron a sus puestos. Esta vez no para continuar el viaje sino para desviar el micro hacia una estación de servicio con gomería para que algún entendido solucione el problema que los aquejaba. La parada coincidió con la hora del desayuno. Muchos aprovecharon para hacerlo mientras otros esperaban con ansiedad retomar el viaje. Unos cuarenta y cinco minutos después, el micro reapareció en escena, todos subieron y volvió a la ruta. Nada hacía suponer lo que vendría.
Cuando se comenzaba a visualizar en el camino el puente Zarate Brazo largo, el conductor decidió detenerse. Algunos creyeron que se trataba de una oportunidad brindada para fotografiar el puente y otros que se trataba de un nuevo problema mecánico. Ambos se equivocaron, aunque los segundos se acercaron más a la verdad de la situación. Efectivamente era un problema. Pero no era técnico, era humano: el ómnibus se había quedado sin combustible. Se lo presentó como una responsabilidad del pobre vehículo. “Se quedó sin nafta” dijo, convencido, el chofer más experimentado. Se comunicó con la empresa y solicitó que le envíen el combustible necesario para seguir viaje. Paralelamente, el que no era auxiliar, revisaba el motor y aducía que el mismo podía tener algún inconveniente que debía revisar el mecánico que ya se encontraba en camino. Entretanto, los pasajeros, atónitos, bajaron y se dispusieron a esperar la solución sobre el césped a un lado del camino. A su vez, el “experimentado” era interpelado sobre su responsabilidad. Entre mate y mate explicaba que solo era responsable del volante y no de la mecánica y el combustible. Que la empresa no le quiso cargar la nafta cuando el lo solicitó en la parada de Posadas  y que cualquier queja se haga luego en la boletería. El problema, a esa altura, era justamente como y en que momento se llegaría hasta ella.
Una hora y media después de la inexplicable detención llegó la camioneta y con ella el movimiento. El micro cruzó el puente y el dúo de conductores puso un dvd con la película “Spanglish” para entretener al pasaje. Como para no ser menos, la película se detenía permanentemente. En los momentos en que retomaba su curso, el que no era auxiliar aprovechaba para tapar el monitor con su cabeza y sino era la preciosa nena la que interrumpía con sus melodías.
Cuando corría la hora veintidós de viaje y la paciencia ya había expirado, se divisó a la Estación Retiro en el horizonte. La sensación del fin de la pesadilla se apoderó de todos. Minutos después, todos también lograron apoderarse de sus pertenencias y así pudieron escapar hacia sus destinos finales. El viaje sin fin había concluido, aunque algunos todavía mantienen la sensación de permanecer en él.